Cansancio

No sé vosotros, pero las Navidades me gustan tanto como me cansan. Empiezo diciembre con muchas ganas. Las luces, la proximidad del solsticio de invierno, el intacto recuerdo infantil de la cercanía de las vacaciones, los exámenes en el instituto y la fiesta de Navidad para despedir el primer trimestre, los amigos, los primeros amores y los niños de San Ildefonso cantando la lotería. Pero ya entonces me empezaban a aburrir a partir del 25. Igual que ahora. Cada vez más. Por desgracia, más pronto que tarde la Nochebuena ya no será igual. Quizá ya ni será. Quizá ya no habrá Navidad. 

Pero aparquemos eso y centrémonos en el presente. Cansancio, decía, o aburrimiento. Con suerte mantengo el piloto automático hasta la Nochevieja, aunque no me entusiasme esa fiesta ni me gusten las uvas. Y a partir de ahí estoy deseando que acaben las Navidades, que todo vuelva a ser como antes. Que retiren las luces, ya me fatigan, me empalagan tanto como la abundancia de turrón y de mantecados; que pasen pronto las rebajas y que llegue la primavera. Me aturde sobre todo cuando pierdo la noción del tiempo, cuando tengo que pararme un instante a pensar qué día es porque con tanta fiesta estoy descontrolado, porque los supermercados abren los domingos y ya ni sé el día en que vivo. Si acaso, lo único que salve el tedio navideño sea la sonrisa de los niños camino de la cabalgata, por muy lejos que me toque eso ya, a estas alturas de la película. O quizá me equivoque y no esté tan lejos. Quién sabe si al cabo no sigo siendo sino un niño que cree en los Reyes Magos, un crío que, a pesar de todo, se empeña en mantener intacta la ilusión. Quién sabe si a veces basta eso para que suceda la magia.

 

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2024 

 

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