Envidia cochina
Llamadme degenerado, pero no se me ocurre una forma mejor de morir que por agotamiento sexual. En las Maldivas, por ejemplo, o en un cuarto destartalado. Para determinados asuntos conviene ser práctico. Algún lector (o lectora) he perdido por decir estas cosas. Pero lo siento: la condición de escritor no siempre implica llevar gafas con cristales de culo de vaso o bufanda en verano. No ser entendido es un riesgo asumible. O, como canta el maestro Sabina: “Por decir lo que pienso sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron y más de un bofetón”. Insisto: antes que morir sentado en una playa cuando se pone el sol o en la cama mientras los míos me cogen la mano y se preguntan dónde se van a ir de vacaciones cuando hereden los derechos de autor (pobres ilusos…), prefiero consumirme por agotamiento sexual. Mi admirado Tyrion Lannister, el enano de Juego de Tronos, lo describió en una frase muy gráfica que me abstengo de reproducir porque aún no pienso morirme y no quiero que me cierren el blog.
Desde ayer vivo sin vivir en mí. En serio. Y no por estrujarme el magín (es lo que mejor se me da, vaya) para encontrar la forma de terminar mis días mientras practico el noble arte de hacer el amor. Ojalá. Me ha hundido un bicho de apenas veinte centímetros. Un roedor, sí, lo confieso: el Antechinus (Antequino) o ratón marsupial dentón. Vive en Oceanía y parece que en la época de apareamiento apaga el móvil (que le den al guasap y a las redes sociales: lo primero es lo primero) y se embarca en un frenesí orgiástico de tres semanas con cualquier hembra que se le ponga por delante. Durante esos breves y envidiables días, apenas come ni duerme el tío. Yo tampoco como ni duermo desde que lo he sabido. No he querido saber pero he sabido, sí, que diría Javier Marías. Parece ser que por culpa de tanto mete y saca, tanto mal dormir y tanto mal comer, las defensas le bajan a unos niveles tan preocupantes que se lo lleva por delante un simple catarro. Me pregunto si las hembras, cuya esperanza de vida es dos años, tienen que acudir a la consulta de un psicólogo ratonil para que les cure la pena o respiran aliviadas y se apresuran en aprender a decir que les duele la cabeza antes de la nueva temporada de apareamiento.
No sé vosotros, queridos, pero yo, igual que el roedor australiano, a veces sufro rachas de insomnio, y no tengo hambre, y cuando me bajan las defensas y hace frío me suele doler la garganta. Y os aseguro que no es por las mismas razones que a este bicho. Más quisiera yo. No os riais, por favor. Y menos en mi puñetera cara. Estoy siendo muy sincero. Tantas cosas que me han pasado en la vida para a estas alturas caer tan bajo y envidiar la suerte de un ratón australiano.
© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2024

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