La vuelta al mundo
Tengo la manía de recordarlo casi todo. Eso tiene su parte buena y su parte mala: la buena, que lo recuerdas casi todo; la mala, que lo recuerdas casi todo, aunque a menudo hagas como si no lo recordaras. Datos, fechas, conversaciones, frases de libros leídos hace décadas, canciones, poemas, diálogos de películas que explican mejor que cualquier disertación espesa lo que te sucede. Recuerdo las primeras frases de muchos libros. Una novela es una frase genial seguida de doscientas páginas, decía Ernest Hemingway. O no es exactamente así y a lo mejor ni siquiera la dijo el autor de El viejo y el mar. Mi memoria es excelente, pero no infalible. “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Así comienza El extranjero, de Albert Camus. “Era una hermosa mañana de finales de noviembre” (El nombre de la rosa), “Todas las familias felices se parecen, pero cada una es infeliz a su manera” (Ana Karenina); “Los chiquillos llegaron temprano al ahorcamiento” (Los pilares de la Tierra). Algunas frases finales también son contundentes. Mi favorita está en la última página de El conde de Montecristo: “Confiar y esperar”. Toda una declaración de intenciones, vaya.
Para mí, una de las mejores frases con las que arranca una novela es la de Nadie conoce a nadie, de Juan Bonilla: “Hay dos maneras de regresar al punto que acabas de dejar a tus espaldas. Una consiste en darse la vuelta. La otra en dar la vuelta al mundo”. Hace muchos años, más de veinte, que la leí y la grabé de forma involuntaria, como suele pasarme. No sé si la frase la parió el escritor o si la sacó de alguna parte. Eso da lo mismo. Ni siquiera será consciente (un escritor casi nunca lo es y está bien que sea así) de las distintas interpretaciones de los lectores. Para un servidor, a medida que pasa el tiempo esa frase cada vez se parece más a la estela de un torpedo implacable que se dirige a la línea de flotación. Uno ya tiene suficientes canas en la barba y ha dado muchas vueltas, o se las han dado, como para no conocerse. La manera más sencilla de volver al punto que has dejado atrás es darte la vuelta, pero no suele ser la más oportuna. Es mejor dar la vuelta al mundo. Seguir tu propio camino hasta darte cuenta de que lo que antes te irritaba o te molestaba o te incomodaba, en realidad no es tan malo. Das la vuelta al mundo y cuando regresas al punto de partida ya no eres el mismo. Hay que dar la vuelta al mundo para entenderse, para descubrir lo que uno quiere. Miro atrás y me doy cuenta de que lo he hecho muchas veces: empezar a caminar en dirección contraria porque sólo deseaba escapar y tras dar la vuelta al mundo llegar otra vez, sin remedio, incluso con alegría, al punto de partida. Todo vuelve a empezar, pero ahora es otro quien está en la línea de salida. Y aunque muy probablemente el camino sea el mismo, con las mismas piedras puñeteras, o quizá otras, tú eres distinto. Es la vida, vaya. Ni más ni menos.
Cosas mías.
© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2024

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