Compañerismo

Escribir es un trabajo solitario. Cada cierto tiempo sales al mundo, sonríes para las fotos o para la tele (si tienes suerte de que te hagan fotos o de que te inviten a un programa en la tele), respondes a las preguntas (casi siempre lugares comunes que soportas con estoicismo: cada vez es más difícil ser entrevistado por alguien que sepa del oficio, supongo que en esto los escritores nos parecemos a los entrenadores de fútbol), te sientas en una caseta de la feria a firmar (si firmas, porque lo normal es pasarte casi todo el rato mano sobre mano mientras la gente te mira como a un animal en un zoo; o si no se hace realidad tu sueño infantil de ser invisible porque te exhiben junto a Paz Padilla) y en un par de meses, tres a lo sumo, como el mundo se olvida de ti, vuelves a encerrarte a trabajar.
Resulta raro hablar de compañerismo en un oficio donde no tienes más que vértelas contigo mismo cada día (y con tus personajes). Recuerdo una vez, en una feria del libro, donde, a pesar del escepticismo anterior, tenía una cola razonable de lectores esperando la rúbrica cuando terminaba mi turno en la caseta. El escritor que me sucedía (bastante conocido y agrio, lo descubrí aquel día, pero no diré su nombre) reclamó con malos modales a la librera que ahora le tocaba a él. En el fondo llevaba razón, pero no en las formas. Asentí, le cedí mi sitio y me acomodé en un banco frente a la caseta hasta que terminé de atender a mis lectores mientras él se dedicaba a lo que nos dedicamos casi siempre los escritores en la feria del libro: fingir que estamos ocupados mientras esperamos que algún alma caritativa se apiade de nosotros. Las mejores bofetadas, estoy convencido, son las que se dan sin manos. Otro año me tocaba firmar y el escritor que me precedía en la caseta (poco conocido, tampoco diré su nombre) dijo que se quedaba. No tenía un solo lector esperando. No sé si los tuvo antes de mi llegada, pero sí que no vino nadie a verlo durante la media hora larga que quedó a incordiar mientras me acomodé (es un decir) como pude en la otra esquina. El espacio en las casetas suele ser muy limitado. Más de una vez me he preguntado si debí decirle con alguna retranca que no me importaba cederle mi lugar durante un rato, que aprovecharía para dar un paseo mientras terminaba de atender a sus fans. Pero no lo hice. No sé: unas veces me paso de cínico y otras peco de prudente. Cada uno entiende el compañerismo como quiere. Si lo entiende. 
No tengo muchos amigos escritores. Y no me suelen gustar las reuniones de escritores a no ser que nos juntemos de una forma espontánea. Por raro que parezca, en la tertulia más zafia de Sálvame (no sé si aún siguen emitiendo ese programa) pueden caber menos odios, rencillas y caprichos que en un almuerzo de juntaletras. No siempre es así, por suerte. También disfrutas ratos estupendos y conoces a escritores aún más estupendos, me refiero a lo personal. Aunque, a decir verdad, tampoco tengo muchos amigos. La palabra amistad se usa demasiado a la ligera, tanto se manosea que acaba perdiendo su sentido. Conozco a mucha gente, a bastantes colegas, no tantos como podría (no sé si también debería) porque, como saben quienes me conocen, tengo la costumbre de no acudir a la mayoría de los saraos y ya ni siquiera me invitan. Nada grave, ya lo canta Serrat (qué tío más grande): “Cada uno es como es / Cada quien es cada cual / Y baja las escaleras como quiere.” Uno ha de asumir las consecuencias de sus actos, con la cabeza bien alta. Pocas cosas me regalan más placer que irme a la cama sin sentir que le debo nada a nadie. Si acaso, a quienes me quieren. Y a esos (y a esas) los conozco a todos.
Hace unos días me escribió uno de los pocos amigos que tengo en el oficio literario. Uno de esos tipos a los que leía y admiraba y respetaba cuando no me conocía nadie y a quien sigo leyendo, admirando y respetando. Lo conocí hace más de dos décadas. Formaba parte de un jurado donde me premiaron un cuento. Me regaló entonces unos cuantos elogios que me animaron a seguir. El otro día volvió a hacerlo, seguro que sin ser consciente de cuánto significan sus palabras para mí. Le mandé hace tiempo mi nueva colección de cuentos, aún sin publicar. Se disculpaba por la tardanza en leerlos y me dijo tres o cuatro cosas de esas que te ruborizan y al mismo tiempo te insuflan tanta energía que no puedes sino seguir adelante. Frases dignas de solapa. Los más grandes siempre son los más humildes. Lo he visto demasiadas veces para no saberlo. También son los más generosos. He tenido la fortuna de encontrarme con unos cuantos escritores así. Sólo por eso, por el reconocimiento, el cariño y el respeto de quienes saben de verdad de qué va este oficio, os aseguro que merece la pena el esfuerzo. 
Yo me entiendo.

 © Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024 

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