Taylor Swift
Sé que cuando leáis esto me vais a tomar por embustero. Me desagrada porque entre mis muchos defectos no está ser mentiroso. Si acaso, soy más de la cuerda de esa canción de Sabina: “…este rosario de cuentas infelices calla más de lo que dice pero dice la verdad”. Pero me arriesgaré: ayer, 26 de mayo de 2024, me enteré de que Taylor Swift era una mujer. Hasta la hora del telediario pensaba tontamente que era un hombre. No sé por qué. Tal vez por alguna asociación neuronal no paritaria o prejuicio de varón heterosexual chapado a la antigua. Sólo sabía que cantaba. El rato que le dedicaron en las noticias me sacó de las tinieblas. Tiene casi 300 millones de seguidores en Instagram. La cifra, que sin duda acelerará el pulso de las marcas que se acuchillarán por patrocinarla, es lo bastante contundente como para cambiar el mundo, decían. Un comentario suyo, el apoyo o el desprecio a un candidato a la presidencia de Estados Unidos, por ejemplo, y a contener todos la respiración.
Permitidme insistir: he tenido que buscarla en Google para ver por primera vez la cara de Taylor Swift. Si he escuchado alguna vez una canción suya me ha pasado tan desapercibida como el ritual de apareamiento de la lombriz de tierra (si es que las lombrices de tierra se aparean: no me apetece buscarlo). Os diré algo más: me alegra no saber nada de Taylor Swift. No para que me llamen raro. Confieso que me gusta (no Taylor Swift, sino que me llamen raro), estoy acostumbrado desde niño. Lo de la cantante me provoca una sonrisa duradera porque me doy cuenta de que a pesar del bombardeo permanente e inmisericorde de información es posible mantenerte aislado de lo que no te interesa, sin esforzarte, sin taparte los oídos, sin esconderte. Como aquel pastor del anuncio de Mitsubishi (los menos jóvenes del lugar lo recordarán), que preguntaba al viajero si el Madrid había vuelto a ser campeón de Europa.
Quizá no esté todo perdido.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024
Comentarios