Los tres corazones
El otro día me escribió un viejo amigo para comentar algo sobre Isaac Asimov. Hace muchos años, más de treinta, por mi insistencia leyó la serie Fundación de cabo a rabo, los mismos ejemplares que yo me zampé de adolescente y están justo a mi espalda cuando tecleo.
Uno procura estar bien acompañado siempre. También cuando de libros se trata. Enseguida hablamos de Shogun, otro de los libros que entonces le recomendé con entusiasmo. Es uno de los inconvenientes (aunque quiero pensar que también ventajas) que tiene ser amigo mío: en cuanto tengo oportunidad recomiendo lecturas y películas para toda una vida. Durante unos años felices en la radio me pagaron por hablar de libros. ¡Hay que ver! Mi amigo me confesó que relee Shogun al menos una vez cada dos años. También que le puso a su perro el nombre de uno de los personajes de Fundación. Uno se siente orgulloso y feliz porque sus propias pasiones calen tan hondo, pero también abrumado ante tanta responsabilidad, inesperada y por supuesto inmerecida.
Uno procura estar bien acompañado siempre. También cuando de libros se trata. Enseguida hablamos de Shogun, otro de los libros que entonces le recomendé con entusiasmo. Es uno de los inconvenientes (aunque quiero pensar que también ventajas) que tiene ser amigo mío: en cuanto tengo oportunidad recomiendo lecturas y películas para toda una vida. Durante unos años felices en la radio me pagaron por hablar de libros. ¡Hay que ver! Mi amigo me confesó que relee Shogun al menos una vez cada dos años. También que le puso a su perro el nombre de uno de los personajes de Fundación. Uno se siente orgulloso y feliz porque sus propias pasiones calen tan hondo, pero también abrumado ante tanta responsabilidad, inesperada y por supuesto inmerecida.
Viene a cuento lo anterior porque quería escribir algo sobre la serie Shogun, la nueva. La anterior se estrenó en España en 1984, pero no pude verla hasta que salió en DVD en 2003. La ponían los lunes y coincidía con los entrenamientos. Entre practicar un arte marcial japonés y ver una serie ambientada en Japón escogí lo primero. Soy así de bruto o de voluntarioso o disciplinado, cualquiera sabe. Leí la novela (811 páginas, acabo de mirarlo), a finales del verano de 1988. Tan entusiasmado estaba que olvidé o más bien no me paré a pensar que una preciosa jovencita quizá estaría esperándome durante un día entero para una segunda cita a la que no acudí. Durante años me lo ha recordado, menos mal que con buen humor. No he vuelto a leer Shogun. Prefiero mantener el recuerdo de hace treinta y seis años. Pero estaba llena de enseñanzas. Había una frase, no sé si un dicho japonés o una reflexión de Toranaga, una voz en off también la dice al principio de la serie: “Todo hombre tiene tres corazones. Uno en su boca, por el que todo el mundo lo conoce. Otro en su pecho, sólo para sus amigos. Y un corazón secreto enterrado profundamente donde nadie puede encontrarlo.” El mismo mensaje, pero de una forma menos poética o más cruel, lo expone Jeff Bridges en la espléndida The old man, pero esa serie daría para otro artículo y no quiero aburriros. Hoy hablamos de Shogun. “Hay que aprender a beber cha en la copa vacía...” Cuántas veces, para decirle a alguien que a menudo no queda sino aceptar las cosas como vienen para seguir adelante, he tomado prestada esta frase que le dice Mariko a Blackthorne, otro personaje inspirado en alguien real. Toranaga, trasunto de Tokugawa Ieyasu, era un personaje rotundo, inteligente, tranquilo, paciente, implacable… Recuerdo que en la novela le contaba a Blackthorne que su principal virtud era la paciencia. No era el más fuerte, confesaba, ni el más poderoso y quizá ni siquiera el más inteligente de quienes anhelaban el shogunato, pero sí el más paciente. Mientras sus enemigos no paraban de hacer movimientos, él estaba tranquilo, sentado, esperando. La estrategia es saber lo que hay que hacer cuando no hay nada que hacer, apuntó un campeón de ajedrez.
La nueva versión de Shogun me ha gustado, pero no tanto como debería. He usado el verbo correcto, sí, “debería”. Es extraordinaria, por muchas razones. Una de ellas, paradójicamente, es también su principal escollo, me temo, para muchos espectadores: buena parte, quizá más de la mitad, es en japonés subtitulado. La ambientación resulta deliciosa, la fascinación ante la disciplina hasta el máximo sacrificio no sorprenderá a quienes hayan practicado algún arte marcial japonés. Pero sólo Hiroyuki Sanada (llena la pantalla con su mirada, qué tío, nadie que viera El último samurái puede olvidarlo) y Anna Sawai (dan ganas de visitar Japón si estás soltero y también si no lo estás) consiguen que me olvide de Toshiro Mifune y de Yoko Simada como Toranaga y Mariko. Ni siquiera el carisma enigmático de Néstor Carbonell (Rodrigues) diluye el recuerdo de John Rhys-Davies; y por mucho empeño que ponga, Cosmo Jarvis (que alguien me explique qué hace ahí, ¿no había actores más apropiados para el papel?) no está a la altura del reto de encarnar a John Blackthorne. Para mí siempre tendrá la cara de Richard Chamberlain. Parece que consiguió el papel tras rechazarlo Sean Connery porque este no quería hacer una serie de televisión. A ver quién se habría atrevido a producir una nueva versión de Shogun si el escocés hubiera interpretado al Anjin-san.
Por todo lo expuesto más arriba puede parecer que no recomiendo Shogun, pero es justo lo contrario. No os la perdáis porque es una de esas series que merece la pena. Lo digo de verdad, aunque ya tenga el colmillo demasiado retorcido y sospechéis que los años me han tatuado ese dicho japonés, o de Toranaga, sobre los tres corazones: quién sabe si a estas alturas ni la gente más cercana sabe lo que de verdad pienso.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024
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