Tesoros

No soy muy maniático, o tal vez sí pero como la mayoría no soy consciente de mis manías. Lo sea o no, reconozco algunas que tienen que ver con los libros. Estas manías, en mi caso al menos, revelan ciertas paradojas. Una, que no presto libros. Hace años lo hacía, a regañadientes, hasta que dejó de importarme perder amigos por eso. Sin embargo, me encanta regalarlos: los míos y los de otros. Sobre todo los de otros. De los míos he donado miles, pero no son regalos personales, eso los dejo para gente muy cercana, a la que, por diversas razones, además de los míos también regalo libros de otros. Otra, que me gusta oler los libros, sobre todo sin son viejos. Ya lo dijo Ray Bradbury: “Los libros sólo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor.” Mi formato favorito es en bolsillo, voluminoso y con letra digna. Me gusta cuidarlos, no soporto que doblen los picos de las páginas, pero los subrayo sin piedad y para poder leer mientras desayuno sin que el viento pase las páginas los sujeto con una pinza, aunque al final, por mucho cuidado que ponga, y lo pongo, acabe pasando factura al lomo. En los bares donde me conocen sonríen ante mi ritual mañanero de sacar el cuaderno, la pluma, algún bolígrafo, el lápiz y un libro y montar una suerte de oficina. Te falta mesa, me ha dicho la camarera esta misma mañana al traer la tostada. En cuanto a subrayar, conviene recordar esa reflexión de Unamuno, a quien no le entusiasmaba marcar con un lápiz los pasajes que le interesaban para así quitar a quien los leyese luego asideros por donde juzgarlo. Pero no es mi caso, desde luego. 
Otra manía, no sé si también buena costumbre, es la de comprar libros a sabiendas de que no los voy a leer, al menos no todavía, pero la experiencia me impulsa a obedecer a esa brújula interna porque sé que algún día los abriré y los disfrutaré. Distintos momentos vitales requieren libros distintos. Lo mismo pasa con las películas y con las canciones. El libro que disfruto estos días lo compré el 13 de julio de 1998 (otra manía es anotar la fecha de adquisición en la primera página), seguro de que antes o después me zambulliría en sus páginas. Otra costumbre (a estas alturas del artículo ya me cuesta seguir escribiendo “manía”) es la de enterrar tesoros en los libros. Como no doblo los picos de las páginas uso cualquier cosa que tenga a mano como marcador. Este libro que leo ahora llevaba guardada una canción de Rod Stewart que transcribí el ocho de julio de 1993. Bendita época en la que no podías buscar la letra en Google y tenías que agudizar el oído cuando escuchabas una canción en la radio. No sé por cuántos libros se paseó durante cinco años hasta acabar en este. Hace una década encontré una hermosa en impagable pegatina de los Marines que me regalaron en 1987 en una oficina de reclutamiento en West Virginia, a donde acudí con un par de amigos que fueron a alistarse. En otros libros guardo fotos, recuerdos muy personales. Cuando encuentro estos tesoros los miro durante un rato y luego me esfuerzo en olvidar dónde están. Prefiero volver a encontrarlos por casualidad, aunque sea muchos años después. Tengo varios miles de libros. Dudo, y tampoco me preocupa, que cuando deje este mundo mi biblioteca resulte de valor para alguien. Acabará en la basura o se venderá al peso y con suerte algunos ejemplares acabarán en alguna librería de lance, si es que para entonces siguen existiendo. A veces, cuando miro tantos y tantos párrafos subrayados o encuentro algún tesoro enterrado entre las páginas de mis libros me pregunto qué pensará esa persona que lo descubra un día. Si será un desconocido. Si alguien que me quiso. Si entenderá, si querrá saber siquiera, por qué me entretuve en marcar con un lápiz ese pasaje o el motivo por el que guardé ese tesoro que ahora ha llegado a sus manos como la botella de un náufrago que espera ser rescatado. 

 © Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024 

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