Un delantero del Real Madrid debe tener un nombre aristocrático o como mínimo exótico. Si no da para lo anterior (uno no es responsable de su nombre), como mínimo debería tener cuerpo de estatua griega y millones de seguidores en Instagram. Si esto también falta, resulta indispensable la contundencia en el área, la jerarquía, el carisma de fábrica. Para eso da igual no llamarse Karim, o Di Stefano, o Van Nistelrooy, o Ferenc Puskas, o Mijatovic; tampoco Cristiano Ronaldo. Basta con Raúl, o Paco Gento, o Emilio Butragueño. Pero, ¿Joselu? Joselu es nombre de cuñado amable que trae las cervezas para la barbacoa o soporta con paciencia la caravana de los domingos para llevar a la parienta y a los niños a la playa, con nevera, sombrilla, tinto de verano, filetes empanados y sandía de postre. Hace tiempo, quizá demasiado, por desgracia, no me entretendría en insistir sobre la ironía del párrafo anterior. Pero demasiada gente lee a la ligera o ni siquiera lee hasta al final. O, peor: lee hasta el final y no se para a pensar en la ironía, en el cinismo, en la retranca. Quizá ni siquiera sepa qué son. Eso que llevamos perdido.
Lo he dicho muchas veces: del fútbol apenas me interesa el juego pero me fascina todo lo que lo rodea: los gestos de los jugadores, la inquietud de los entrenadores, siempre con una espada sobre su cabeza, la pasión de los aficionados. Al cabo, ser de un equipo es como formar parte de una tribu. Envidiaba el otro día a mi querido Gregorio León, en la grada del Bernabéu cuando el Real Madrid eliminó al Bayern con dos goles de Joselu. Seguro que dando botes, abrazado a quienes estaban a su lado. Y con el billete y el hotel de Londres para el uno de junio reservado.
Joselu me recuerda a Pedro, aquel jugador del Barcelona que siempre saltaba al campo sonriendo, agradecido por los minutos que le daban y decidido a aprovecharlos. Joselu, además, ya ha cumplido los 34, lleva toda su carrera dando tumbos y esta temporada ha recalado cedido al Real Madrid. Se ha convertido en el héroe que nadie esperaba, tan épico como un personaje de novela que al principio se presenta débil o timorato o prudente y cuando las cosas se complican se lo echa todo a la espalda, derrota a los malos y todo el mundo lo quiere: Frodo Bolsón, Luke Skywalker, Michael Corleone, Peter Parker… O el tipo taciturno sentado en una mesa del rincón que ahuyenta a los malos cuando los fanfarrones tienen que ir a cambiarse la ropa interior.
Por todo esto me interesa el fútbol. No es igual que ver un partido con pasión de aficionado, ya me gustaría, pero a menudo resulta impagable para observar la condición humana.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024
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