Gafapastas bohemios
La hora del desayuno en la terraza de un bar. El cuaderno abierto y la pluma garabateando frases inconexas. Me gusta dejarme llevar, juntar ideas sin relación que terminan adquiriendo sentido. Aunque sólo sea para mí. Llega una sombra del pasado. No me ha reconocido, pero se queda mirándome un momento hasta ubicarme. Me da un abrazo. No esperaba esa muestra espontánea de afecto y aunque soy de natural cariñoso el gesto me queda forzado, incómodo. Se alegra mucho de verme. Intercambiamos unas cuantas frases protocolarias. Insiste en presentarme a quien lo espera en otra mesa, un periodista jubilado. Declino sentarme con ellos a pesar de su entusiasmo. Resulta halagador el entusiasmo de quien quiere presentarte a un amigo, pero abruma también. Quizá declino sentarme con ellos por su entusiasmo. No sé si has ido a su exposición, le dice, cuando estrecha mi mano. Ha dicho exposición, sí. No presentación. Exposición. No creo, responde. No sabe cuánta razón lleva: nunca he expuesto nada. Mirándome, añade: pero con esa pinta de artista bohemio que tienes seguro que eres muy bueno. Lo dirá por mis nuevas gafas de pasta. Suelo decirlo en broma: ya que no estoy seguro de serlo, al menos que parezca un intelectual. “No tengo manías a la hora de escribir, no soy un bohemio ni vivo atormentado: tres tópicos que he descubierto que mucha gente da por supuestos en quienes nos dedicamos a inventar historias.” Disculpad la autocita: lo escribí hace mucho tiempo en una semblanza que me pidieron. Sigo pensando lo mismo. ¿Cuál es tu especialidad pictórica?, me pregunta. Una parte de mí me impulsa a jugar (dibujar personajes de tebeos, estoy a punto de responder), pero mi parte prudente, como casi siempre, gana la partida. Es demasiado temprano para el surrealismo. No pinto, respondo, por fin. Escribo. El cuaderno abierto y la pluma desenroscada siguen en mi mesa. Ya los estoy echando de menos. ¿Qué escribes? ¿Cuáles son los títulos de tus libros? ¿Te va bien? ¿Se puede vivir de eso? Conozco bien todas las preguntas, aunque no siempre, por suerte, las disparen a bocajarro. Debo de tener cara de buena persona (además de artista bohemio gafapasta) o el astuto misántropo que llevo dentro sabe agazaparse detrás de mi sonrisa, qué sé yo. Recitar los títulos de mis libros me parece una de las maneras más rápidas de hacer el ridículo. Y no me apetece contar mi vida a quien me acaban de presentar. Tal vez por eso prefiero desayunar solo. Hago lo de siempre: tardo un segundo más de lo debido en responder y le digo que en Google puede encontrar toda la información necesaria. Seguro que quien nos ha presentado le dirá mi nombre y mis apellidos. Pero sé bien que quien nos ha presentado no recuerda mis apellidos. Puede que ni siquiera los sepa. Ni falta que le hace. Y me alegra, además. Se me va a enfriar el café, me excuso, para despedirme. Vuelvo a sentarme. Antes de terminar el desayuno vomito todo esto en mi cuaderno. Así pues, lector, yo mismo soy la materia de mi libro, sostenía Montaigne.
Pues eso.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024
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