Las escaleras de la Plaza de España


           

Los demás son turistas pero nosotros
somos viajeros. Nos gusta pensar eso cuando salimos a recorrer el mundo. Pero pocas veces es cierto, me temo. El turismo es un gran invento, se titula una película divertidísima con Paco Martínez Soria y José Luis López Vázquez. Y lo es (un gran invento, digo), pero dada la saturación de cualquier lugar que merezca la pena y con la colaboración de los selfis en las redes sociales, lo exclusivo terminará siendo quedarse en casa. Ayer me enteré con pena de que está prohibido o se va a prohibir sentarse en las escaleras de la Plaza de España en Roma. Hacerse una foto con un helado como Audrey Hepburn puede resultar caro si te pilla un policía romano. Por ahí debo de tener alguna foto sentado en esa escalera, quizá hasta con helado. Y un poco más arriba, ya de noche, un vendedor de flores me dio una lección, con estilo e inteligencia, que jamás olvidaré, cuando le compraba una para la mujer que me acompañaba. Soy de esos trogloditas a quienes les gusta comprar flores a las mujeres. Más de un ramo he regalado. El mismo chapado a la antigua que lanzó una moneda en la Fontana di Trevi, de espaldas, como manda la tradición. Creo que ahora también está prohibido. Quizá el turismo era más divertido antes. Cualquier día prohíben las góndolas en Venecia. Menos mal que también he paseado por los canales. Visto así suena un poco hortera, ya lo sé, pero quizá para muchas más cosas de las que pueda parecer soy bastante provinciano. Por tener, tengo muchos diplomas enmarcados en mi despacho, aunque sólo sirvan de recuerdo bonito, como prueba de lo vivido o para impresionar a las visitas, que también. Pero me estoy desviando: esto iba de turistas y de viajeros, de escaleras donde una pareja perfecta se miraba en una película en blanco y negro, de flores para mujeres hermosas, de juramentos de amor eterno que uno suelta en ciertos sitios porque se pone romántico, más todavía, y a veces hasta son correspondidos con los mismos juramentos, aunque luego todo sea papel mojado. Y está bien que sea así, no pasa nada. La vida es caerte, levantarte y volverte a caer. Prometer amor eterno, equivocarte y volver a prometerlo. Y así hasta el infinito. Al cabo, jurar amor eterno no es difícil, un poco como lo de Marx (Groucho) y el tabaco. Dejar de fumar es fácil, decía, yo lo hago cada día. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025 

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