Tengo la camisa negra


Tengo una camisa negra en el armario. Tengo varias, en realidad, aunque mis favoritas son, como muchos sabéis, las azul marino. Pero esta negra es especial. Aún no la he estrenado. No porque no me guste, qué va. En realidad, es una de las camisas más bonitas que tengo: ligera, suave, tanto que me dan ganas de acariciarla o quizá deseo ser acariciado cuando llegue el momento de estrenarla. La compré en 2020, justo antes de la pandemia, y una de las promesas que me hice durante aquellas semanas tristes fue que sólo la estrenaría en un momento muy especial. Quizá porque me empeño en vivir buenos momentos, sin estrenarla he tenido muchos desde que la compré: he hablado en público al recoger algún premio, he besado por primera vez a varias mujeres que me gustaban mucho (pocos momentos son tan especiales como ese, lo confieso) y he sido invitado a sitios bonitos. Pero no me he acordado de ponérmela o el clima no acompañaba. La camisa es ligera, decía. Más propia de la primavera que del invierno. Quizá, también, la explicación, como a tantas cosas, esté en los libros: el rey estaba enfermo y sólo podría curarse poniéndose la camisa de un hombre feliz, pero el único hombre feliz que encontraron en el reino no tenía camisa. Lo escribió Tolstói. 

Una vez, siendo muy jovencito, mi madre me acompañó a comprar ropa y ante mi reticencia a llevarme algo que me pareció caro me dio un consejo estupendo: cuando te guste una prenda y puedas permitírtelo, cómpratela, no te lo pienses, porque llegará un día que no te apetecerá ponértela o ya no te lucirá tan bonita como ahora. Ayer, quizá porque de una forma inconsciente he querido homenajearla después de ir a verla, entré en una tienda y compré una camisa que me gustó. Es parecida a la otra, pero azul y de menor calidad. Me la pondré, o eso espero, en los próximos días. Y esa negra tan bonita que sigue aguardando su turno en el armario la voy a estrenar más pronto que tarde, como que me llamo Andrés. Los últimos cinco días han sido muy difíciles y he visto demasiadas cosas tristes como para no pensar, una vez más, que la vida es muy corta, que a todos nos espera el mismo final y que procuraré estrenar todas las camisas que pueda en momentos especiales con gente que merezca la pena, a ser posible con una copa de vino y mirándonos a los ojos. Ya lo puso negro sobre blanco hace dos mil años un filósofo que frecuento. Los libros otra vez, sí: “Dime cuando me dispongo a dormir: puede que nunca despiertes, dime al despertar: puede que no vuelvas a dormir. Dime al salir: puede que no vuelvas; dime al volver: puede que no salgas más…”

Pues eso.

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025 

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