Quizás en primavera


No estoy inmunizado, y ojalá nunca lo esté, pero cuando la vida aprieta por otros costados soy capaz de activar un cortafuegos y lo que pasa en el mundo me llega de forma amortiguada. Sigo atento a los exabruptos de Trump, a los misiles y a los terroristas, a la guerra, a los mangantes; qué sé yo, al IPC. Pero aunque mantengo una dosis mínima de indignación, estoy tan cansado o tan ocupado que suspiro, resignado, y sigo a lo mío. A mucha gente le pasa lo mismo, seguro. Primum vivere, deinde philosophari, decían los latinos. Conque nada que añadir. Pero la grieta suele aparecer por donde menos te lo esperas. Entre tanta mierda habitual, una noticia breve en la radio me llama la atención mientras conduzco. Frunzo el ceño y me digo que no puede ser. Como no tengo redes sociales en el móvil y procuro sólo usar Google con el ordenador, no busco nada hasta última hora de la tarde, con la esperanza ingenua (y está bien que la esperanza lo sea) de que se trate de una noticia falsa. Pero no lo es, por desgracia: tres trabajadores de una residencia de ancianos han sido detenidos por tratos degradantes en el módulo de hombres dependientes. Levantarlos de la cama tirándoles de los pezones y travesuras parecidas, vaya. Los partes médicos y las declaraciones de algunos testigos fiables (ser viejo no es ser imbécil) han servido para tirar del hilo.

Me reservo un par de cosas que se me ocurren porque, si las contara, acabaría entre rejas o algunos me retiraríais el saludo. Basta que maltraten a un anciano, a un niño o a un animal (a cualquiera que no pueda defenderse) para descubrir que dentro de mí habita alguien a quien no me gustaría conocer.

Pero lo de estos malnacidos es un caso aislado, de verdad. O al menos no frecuente. Eso me dice el pesimista positivo o el optimista con los pies en la tierra que llevo dentro: mi querido Antonio Manfredi me definió así cuando me presentaba una novela y estoy de acuerdo, aunque creo ser más bien lo segundo que lo primero.

Seguid leyendo si os apetece.

Los lectores de esta bitácora y los buenos amigos (a veces ambas circunstancias coinciden) sabéis que las últimas semanas han sido difíciles. He pasado muchas horas en una residencia donde mi madre se recupera de unas fracturas. Sólo allí podían moverla sin lastimarla y necesitábamos cierto margen para organizar su vuelta y su recuperación junto a su marido y a su perro. Mi hermana y yo peleamos cada día espalda contra espalda, como procede cuando no queda sino batirse para defender esa última franja de terreno que el enemigo sólo podrá pisar tras acabar contigo. No está siendo fácil, pero ya queda muy poco. He visto muchas cosas, demasiadas. Una de ellas, que trabajar en una residencia de ancianos debe de ser dificilísimo. Hay que estar hecho de una pasta muy especial, tener mucha paciencia, toneladas de vocación o estar muy necesitado para soportar la demanda, presión o exigencia, o todo al mismo tiempo, de cientos de personas dependientes y de sus familiares. Yo mismo perdí los nervios una mañana y, aunque me sobrasen motivos y he pedido disculpas cada vez que me he vuelto a encontrar con el recepcionista, me costará dejar de castigarme por mis palabras. Qué digo me costará. Nunca podré. Me exijo demasiado, ya lo sé, quizá no debería, pero me avergüenza perder la calma y las pocas veces que me pasa no dejo de dar vueltas a todas las formas distintas en las que me podía haber enfrentado a esa situación. Siempre hay otra forma. Siempre. 

Me acordaba el otro día al escuchar la noticia sobre esos cerdos maltratadores de una película estupenda e injustamente olvidada que vi de adolescente. Kirk Douglas interpretaba a una vieja estrella del béisbol que ingresaba en una residencia al quedarse viudo y perder todo su dinero. Había un tinglado sórdido de corrupción, recuerdo, dirigido por la enfermera jefe. También salía Pat Morita, el mítico Miyagi de Karate Kid. Kirk Douglas ideaba una trama para desmontar el negocio, aunque fuera a costa de su propia vida. No es mal propósito dar tu vida cuando ya has gastado todo lo bueno si al hacerlo puedes salvar las de tus amigos. Siento destriparos el final, queridos. No he podido evitarlo. O no he querido. Podéis encontrar la película en Youtube. Acabo de mirarlo. El título siempre me gustó: Quizás en primavera. Yo quizá la vea hoy mismo, con una jarra de cerveza helada. O dos. Ya me desquitaré con un buen baño en la playa en cuanto pueda. Muy pronto. Sin bañador, por supuesto. No os diré dónde.

Ya veis, al final he contado más de la buena gente que cuida a los ancianos que de esos malnacidos que la policía se ha llevado esposados y hasta he terminado recomendando una película. No tengo arreglo. Tampoco quiero. Y entre tanta mierda quería arrancaros una sonrisa. Ojalá. También, por qué no, quizá sea una forma de dar las gracias, de expiar culpas.

Ya lo dijo George Clooney al final de Abierto hasta el amanecer: “I may be a bastard, but I´m not a fucking bastard”.

Pues eso.

Yo me entiendo.

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025 

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