De plumas y amigos
No creo que pise la playa este junio. Quizá por eso agradezco, agradezco todavía más, esta tregua mañanera de nubes y algunas gotas deliciosas de lluvia mientras desayuno. No me gusta el calor. Es lo que tenemos los raros. Como casi todos los días, tengo los ojos abiertos desde antes del amanecer. Quizá porque caigo rendido por las noches y eso, para quien sufre rachas de insomnio, es lo más parecido a la felicidad. Despierto desde tan temprano me da tiempo a pensar en muchas cosas, a prepararme para la batalla. Soy de los primeros en sentarme a desayunar en la terraza del bar. Abro el cuaderno y desenrosco la pluma, pero se ha quedado sin tinta. Sonrío. El otro día, cuando los problemas hacían cola para ponerme a prueba, me crucé con un viejo conocido en la calle y me preguntó cómo iba esa pluma. La pluma bien, respondí, encogiendo los hombros. Los libros también, añadí. Las bromas me salen solas, sin pensarlo, no puedo evitarlo. Tampoco quiero. Es bueno reír cuando la vida se complica.
El cartucho de la pluma estaba vacío esta mañana, decía, pero suelo llevar repuesto. Un bolígrafo de caudal generoso, tinta morada. Me lo regaló hace tiempo María Eugenia, la mujer de mi apreciado Sergio. La pluma también fue un regalo de ellos, por mi cumpleaños. Suelo andar rodeado de cosas que me regala la buena gente. Y estos días soy consciente (una vez más, y es bueno serlo) de cuánta buena gente tengo cerca.
Gracias a todos, queridos.
Cada uno sabéis por qué.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025
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