Un bote de cola
Voy cada día a la residencia, a menudo dos veces, me pongo a mirar y no siempre (qué digo no siempre, casi nunca) me gusta lo que veo. Tanta gente sola, maldita sea. Ese matrimonio a los que quise ceder mi sitio en el sofá y me dijeron que no porque estaban esperando a su hijo, pero llegó la hora del fin de las visitas y como no apareció nadie se fueron cabizbajos a su habitación. Ese hombre que habla solo y hace crucigramas, el mismo que mi madre me cuenta que le pide con mucha amabilidad la comida que le sobra. No me pillarán vivo, me digo siempre por los pasillos mientras sujeto el impulso de ponerme a gritar las ganas de vivir que tengo. No se puede pasar por esto y salir indemne. Al menos yo no puedo. En la cafetería me agacho a recoger un bastón cuya empuñadura se ha desprendido al caerse. Intento recomponerlo antes de devolvérselo a su dueño, pero no consigo mucho más que un apaño provisional. Necesita cola, le digo. Lo sé, responde, pero aquí es imposible encontrar cola. Trago saliva, aprieto los dientes. Tengo un bote en mi casa, le cuento. Vengo todos los días. Lo traeré y la próxima vez que lo vea intentaré arreglarle el bastón. Quiere pagarme el café, pero me niego con un gesto. Soy incapaz de aguantar más tiempo ahí, mirándolo. Además, mi madre me espera fuera. Con suerte, el domingo llegaremos al ecuador de la estancia. Vuelvo a tragar saliva. Ahora me cuesta un poco más. Vuelvo a apretar los dientes. Un bote de cola, joder. Un puñetero bote de cola y nadie que pueda llevárselo.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025
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