La memoria


Hace algunos años pasé una temporada estudiando en Alemania, y le conté a un profesor mi intención de visitar el campo de concentración de Büchenwald. Aquel comentario dio paso a una charla muy interesante sobre los difíciles años cuarenta en Alemania. Mi profesor, que había nacido después de la II Guerra Mundial, me indicó la forma de llegar hasta el antiguo campo de extermi-nio, y nos contó que cuando él o la gente de su edad preguntaba a la generación anterior sobre aque-llos tiempos en que los judíos desaparecían por oleadas para ser recluidos y asesinados en los cam-pos, la respuesta que obtenían de sus mayores era idéntica: Ich habe das nicht gebusst, o sea, que nadie lo sabía o, lo más probable, es que nadie quería saber nada y miraba para otro lado con la condición de que la tragedia afectase mínimamente a sus vidas.Pero la memoria se resiste a ser enterrada, y vuelve una y otra vez para golpearnos en la cara. A veces parece como si quien maneja los hilos del Destino agitase los dados dentro del cubile-te para hacerlos rodar sobre la mesa en una jugada maestra. En determinadas ocasiones suceden unos hechos tras otros —o casi al mismo tiempo— con la misma precisión matemática de una ca-rambola de billar que alojase la bola en la tronera después de rebotar con brío en las cuatro bandas de la mesa, y las noticias que uno lee en el periódico cada día, las películas que ha visto, la gente que ha conocido o las cosas que recuerda, de repente se ordenan en el armario de la memoria, ocu-pando para siempre unos huecos que siempre les han pertenecido.Esta semana, gracias a la persistencia de una anciana, en Piedrafita de Bahía, un pueblo de la provincia de León, un grupo de arqueólogos voluntarios está exhumando los cadáveres de una fosa común junto a una cuneta donde fueron enterrados 37 milicianos después de habérserles apli-cado la Ley de Fugas hace 65 años. Pero además he sabido estos días que se va a editar en DVD un documental sobre Francisco Boix, el fotógrafo español del campo de concentración de Mauthausen, gracias a cuyo testimonio pudo inculparse a varios jerarcas nazis en Nüremberg y también, como si de una broma del Destino se tratase —y digo broma en el mejor de los sentidos—, me he enterado esta mañana que un tribunal de Hamburgo acaba de condenar a siete años de prisión a Fiedrich En-gel, ex oficial de las SS, por haber ordenado el fusilamiento de 59 partisanos en 1944. En la película de Costa Gavras La caja de música —que casualmente también se ha emitido en televisión hace pocos días— Jessica Lange descubre en su padre a un antiguo nazi y decide entregar las pruebas que lo inculpan a la Justicia. La película plantea la duda de juzgar a un anciano por unos hechos atroces que cometió cuando era muy joven, casi en otra vida. Uno viene a reflexionar que tal vez, después de tanto tiempo, no tenga mucho sentido confinar en prisión a quien está a punto de morir, y quizá el mayor castigo para un nazi viejo sea el oprobio de saberse descubierto como un impostor o un asesino al final de sus días. Y es que, debido a sus 93 años y a su precario estado de salud, con toda probabilidad Fiedrich Engel no será encarcelado, pero es bueno que se remuevan las cenizas del pasado infame de vez en cuando, aunque sólo sea por respeto a la memoria de las muertos o, también, porque en la misma medida que va disminuyendo el número de víctimas —y de verdu-gos— del Holocausto, aumenta la cifra de quienes niegan aquella barbarie, de jóvenes con el cráneo rapado que afirman sin el menor pudor que los campos de exterminio son el fruto de la imaginación o de la propaganda de quienes ganaron la II Guerra Mundial.Porque al cabo, por mucho que disguste a quienes niegan la evidencia, la memoria es lo único que queda.

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