El cine o la vida

A veces me paro a pensar lo que, para lo bueno y para lo malo, ha influido el cine en nuestras vidas. Hace no mucho le oí decir a un crítico que, debido al cine, la gente ya no se besaba igual ahora que, por ejemplo, hace cien años. Y le doy la razón. La forma en que ahora nos besamos, en que nos decimos las cosas, la forma en que nos amamos, tal vez no sea exactamente la misma que antes de que las imágenes de celuloide se instalaran como un veneno maravilloso en nuestra existencia.Nos vestimos, nos peinamos, incluso nos miramos como se miran las estrellas en la pantalla. No creo que haya nadie que, al visitar Nueva York por primera vez, no se sienta parte de un decorado que ha visto miles de veces en el cine: los taxis amarillos, Robert de Niro con la cabeza rapada a lo mohicano, Woody Allen camino del psicoanalista o Tarzán luciendo su figura olímpica desde lo alto del puente de Brooklyn. Pero no hay que viajar tan lejos: basta recorrer el desierto en Almería y entornar un poco los ojos para ver al bueno de Clint Eastwood con el poncho y el puro. No es que el cine sea como la vida, es que, de algún modo, forma parte de ella, un matrimonio ya imposible de disolver. Una necesidad, como cuenta Guillermo Cabrera Infante: su madre le daba a elegir, a él y a su hermano, entre ver una película o algo de comida, y ellos, invariablemente, por supuesto optaban por el cine. Cine o sardina se titula el libro al que da lugar esta anécdota, puede que exagerada, pero muy reveladora.Yo, como todo cinéfilo, también tengo mis manías. Me pasa desde niño, y la culpa no es mía, sino de Spielberg, de Spielberg y de su tiburón. Con la película Tiburón sucede algo que sólo ocurre muy pocas veces: cada vez que la veo, por muchos años que pasen, me sigue pareciendo igual de buena. Siento como si no hubiera pasado el tiempo por ella, como si, igual que los buenos vinos, mejorase con los años. Y eso sólo ocurre, convendrán ustedes conmigo, con unos pocos clásicos.Como ya de niño era un poco masoquista, además de obligar a mi padre a que me llevase al cine a ver Tiburón, un verano me dio por leer la novela de Peter Benchley en que se basaba el libro. Un verano en la playa, por supuesto, lo que viene a ser como llevarse para leer en un vuelo trasatlántico una antología de accidentes aéreos. Ni que decir tiene que aquel verano me bañé poco. Luego he leído mucho sobre tiburones: que si no suelen atacar, que si no abundan por nuestras costas. Seguro que los biólogos marinos tienen razón, pero no creo que exista nadie que alguna vez se haya distraído nadando y de pronto, al encontrarse lejos de la orilla, no haya sentido el silencio del mar como una premonición macabra y haya pensado “ya está, va a venir, no sé por donde, si desde abajo o por lados, pero me parece que aquello que estoy viendo acercarse no es un trozo de madera, sino una aleta, una aleta enorme”. Luego nunca pasa nada, y no hay trozo de madera ni aleta, pero al volver braceando a la orilla parece que intentamos batir un récord, a lo David Meca pero más nerviosos. Y es por eso por lo que hay que rendir tributo a Tiburón, porque ha conseguido que cambiemos nuestra percepción del mundo, y yo, a pesar de que aún sigo bañándome mirando de reojo el horizonte, por si veo aparecer alguna aleta siniestra, si alguien me da elegir, igual que a Guillermo Cabrera Infante, entre cine o sardina, me decanto, sin dudarlo un momento, por el cine. Desde luego que sí.

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