Amor eterno



Ahora que un tercio de las parejas que se casan terminan separándose y que los divorcios están en boga —tal vez porque los famosos, como en tantas cosas, llevan la iniciativa—. Ahora que hasta la inseparable pareja de la Guardia Civil se ha disuelto, resulta enternecedora, aunque no deje de ser un poco macabra, la historia de amor de Raymond Martinot.
Cuando un tumor cerebral se llevó por delante a su compañera Monique, hace dieciocho años, este médico francés se las arregló para obtener una exención que le permitiese guardar el cuerpo de su amada en un congelador después de haberle inyectado algo para que el cadáver no se descompusiera. Como si de una película de ciencia ficción se tratase, el cuerpo incorrupto ha permanecido oculto a sesenta grados bajo cero, con un libro de instrucciones al lado para poder seguir los pasos necesarios en caso de avería o incluso un terremoto.
Pero el mayor inconveniente no ha venido derivado de una catástrofe natural o una simple complicación en el mecanismo del sarcófago, sino de la espada flamígera de la justicia francesa. El enamorado Raymond Martinot ha muerto hace pocas semanas y su último deseo ha sido que lo congelen, igual que él mismo hizo dieciocho años atrás con su amada Monique, hasta que un día los avances de la ciencia puedan unirlos de nuevo. El hijo del médico, presto a cumplir la última voluntad de su difunto padre, ha pedido a las autoridades permiso para crionizar el cadáver, pero por lo visto ahora la administración francesa es más puntillosa que hace dieciocho años y el fiscal argumenta que a este paso van a terminar encontrándose cada dos por tres fiambres congelados en la nevera, junto a las croquetas y las cervezas del supermercado. Sin embargo, el hijo de Raymond Martinot se empeña en seguir adelante con la última voluntad de su progenitor.
A mí no me parece mal que cada uno haga con su vida lo que mejor me parezca si no molesta o no hace daño a los demás y, si un señor quiere que lo congelen junto a su difunta esposa, tampoco pienso que haya que rasgarse las vestiduras por ello. Tal vez los deseos de Raymond Martinot correspondan a los de un loco, un loco enamorado, pero se trata de la última voluntad de un hombre, y eso debería ser sagrado, sobre todo si la paga de su bolsillo y no pide ayuda más que a su familia. A lo mejor resulta que al final nadie se acuerda de despertarlos o es que en realidad no se puede hacer y los dos cadáveres permanecen juntos y crionizados hasta que un buen día se funden los plomos y se acaba el experimento, o quizá jamás se encuentra una cura para el mal de su amada o tal vez sí y cuando abran los ojos en un futuro en el que se sientan extraños piensen que no ha merecido la pena el esfuerzo —y el frío— y que más hubiera valido no interferir en el curso de la Naturaleza.
Pero, puestos a soñar, ¿y si después de todo este hombre tiene razón?



© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2002







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