El traje nuevo del emperador

Algunas historias se convierten en clásicos. Al leer una novela escrita hace cien o trescientos años nos damos cuenta de que su frescura o su mensaje permanecen intactos a pesar de haber transcurrido siglos desde que fueron escritas y por eso se diferencian de aquellas cuya lectura no soporta el paso inexorable del tiempo. Sobre todo sucede en los cuentos infantiles. Por muchos años que pasen, cada vez que revisito las páginas de Hänsel y Gretel no puedo evitar pensar en las terribles condiciones de vida de la Edad Media, tan duras que a unos padres no les queda otro remedio que abandonar a sus hijos en el bosque porque no tienen con qué alimentarlos. Cuando me entero de una noticia sobre alguien que abusa de una niña me acuerdo de Caperucita Roja, a quien, por cierto, se la comió el lobo disfrazado de abuelita después de animarla a desnudarse para meterse en la cama con él... y no vino ningún leñador a rescatarla. Ya lo dice Ana María Matute: Disney ha hecho unas películas muy hermosas, pero ha desvirtuado la esencia de los cuentos edulcorándolos para un público infantil.
Aunque de la mayoría de las historias de Perrault o los hermanos Grimm se puede extraer una reflexión moral, es del cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador del que más suelo acordarme, sobre todo cuando algún crítico reseña una película, un libro o una obra de arte con muchas estrellitas en los suplementos culturales y yo, que soy torpe por naturaleza, no acabo de enterarme de la grandeza de la obra. Vaya por delante mi respeto a quien dedica su tiempo a cualquier faceta artística, y reconozco que muchas de las novelas o películas que yo encuentro excepcionales pueden muy bien no ser más que basura para otra mucha gente. Pero cuando uno empieza a formarse como lector —o como persona, no hay mucha diferencia—, en los últimos años de la infancia, o durante la adolescencia, suele ser mucho más sensible a las opiniones o las directrices de quienes saben, o dicen saber, más que ellos.Hace poco me enteré de algo insólito que desconocía: en 1961, el artista italiano Piero Manzoni vendió 90 latas de sus propios excrementos a un precio de 32 $, el equivalente a su peso en oro. Parece ser que Manzoni intentaba mofarse del valor que se atribuye a algunas obras de arte de una manera escatológica. El premio Turner, destinado al mejor artista británico de menos de cincuenta años, lo ganó el año pasado Martin Creed con su obra Luces encendiéndose y apagándose. La genialidad en cuestión no era más que una habitación vacía en la que las luces se encendían y se apagaban cada cinco segundos. Minimalismo en estado puro, decían los entendidos.Será que yo no entiendo de Arte, pero no por ello voy a dejar de alzar la voz, más que nada para no sentirme como uno de los súbditos del cuento de Andersen: en El traje nuevo del emperador, dos pícaros tejedores se presentan en la corte dispuestos a fabricar un traje maravilloso con una característica muy especial: los únicos que no podrán verlo serán los hombres tontos o indignos de su cargo. Mientras los pícaros pretenden coser una tela que no existe, el emperador manda a un ministro a comprobar cómo va el trabajo. El ministro, preocupado al no ver nada, finge extasiarse ante una obra de arte excepcional, y lo mismo le sucede a un segundo ministro, hasta que el mismo monarca, que tampoco puede admitir que no ve el tejido, ha de probarse el traje y marchar desnudo en comitiva por toda la ciudad mientras los ciudadanos comentan entre ellos las excelencias de unas ropas que no pueden ver, pero callan por miedo o por vergüenza a que sus vecinos los consideren necios.

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