Niños de tiza
David Torres
Editorial Algaida
XXX Premio Tigre Juan de Novela
El regreso de Roberto Esteban
Ocurre con algunos libros. No con la mayoría, por desgracia; pero sí con unos cuantos, por suerte. Llegan a tus manos por esa cosa tan rara que es el azar, o la suerte, o como se quiera llamar. De pronto los abres, sólo por curiosidad, y cuando te has zampado la primera página ya sabes que ése sí va a ser uno de los libros que te van a gustar, uno de los que que nada más empezarlos ya estás seguro de que lo vas a terminar. Con El gran silencio, la novela de David Torres que resultó finalista del premio Nadal en 2003, me sucedió lo que acabo de decir, y a uno, que siempre le ha gustado la atmósfera única del mundo del boxeo y el aroma a fracaso de los perdedores románticos, no le quedó otra que contar entonces, a quien quisiera escucharlo, que acababa de descubrir a un escritor de Madrid que iba a dar mucho que hablar, y bien, en el futuro. Cinco años después uno tiene la fortuna de poder hablar y escribir de los libros que le gustan, de contárselo a los oyentes de un programa de radio o a los lectores de una revista, y se felicita de que David Torres haya recuperado a Roberto Esteban, el ex campeón de Europa de los pesos medios que protagonizaba El gran silencio.
Si en aquella novela Roberto Esteban recibía el encargo de proteger a una joven bailarina amenazada de muerte, en Niños de tiza el ex púgil sordo regresa a su barrio de siempre, San Blas, donde cuando era un niño vivía una sirena, los críos jugaban en la calle, los pollitos de colores esperaban a que alguien los comprase en la puerta del mercado, los amigos parecían que iban a ser para toda la vida y el símbolo de una mano negra aparecía de vez en cuando pintado en alguna pared para atemorizar a los chavales del vecindario. Treinta años más tarde, en el barrio de Roberto Esteban, como en el de casi todos nosotros, ya nada es lo mismo: los niños ya no juegan en la calle, ya no hay vendedores que ofrezcan pollitos de colores en la puerta del mercado -donde todavía quede algún mercado que se empeñe en hacer frente heroicamente a unos grandes almacenes-, el encuentro con los viejos amigos no siempre es tan feliz como uno desearía, pero hay dos cosas que parecen inalterables en San Blas: la mano negra, la misma que apareció en la piscina el día que murió la sirena vuelve a aparecer en las paredes de un barrio que espera que a Madrid le toque la lotería de los Juegos Olímpicos; y una vieja amiga, Lola, a la que Roberto Esteban nunca ha dejado de tener presente.
El pasado y el presente se superponen en esta magnífica novela. El niño Roberto Esteban que aún no sabía que llegaría a ser campeón de Europa de los pesos medios y el adulto Roberto Esteban, ex boxeador y ex alcóholico, que vuelve a su barrio para darse cuenta de que nada, o casi nada, por desgracia, es igual que antes: la sombra de las grúas levantadas por la especulación inmobiliaria salvaje, la amistad infantil, tan intensa entonces y ahora desaparecida, incluso los malos tratos se apuntan como una de las lacras de la sociedad moderna en esta novela.
Y es que la Literatura sirve para eso, para explicar la vida, para llamar la atención sobre los pequeños detalles que corren el riesgo de pasar desapercibidos, para mirar atrás y tal vez darnos cuenta de que los años de la Transición, para los niños, tal vez no fueron tan terribles como a veces nos quieren vender, que la vida bullía en las calles hace treinta años de una forma en la que quizá jamás, y por desgracia, lo vuelva a hacer. Y todo a través de la mirada lúcida y descarnada de Roberto Esteban, que nos cuenta en primera persona lo que pasa por delante de sus ojos, un personaje al que uno acaba cogiendo cariño y que parece tan real como el mundo por el que se mueve.
Se alegrará el lector de que David Torres haya recuperado a Roberto Esteban, y no porque los otros libros de este escritor en los que no aparece el ex boxeador le vayan a la zaga (El mar en ruinas, o ese espléndido libro de viajes, La sangre y el ámbar: que no se lo pierdan quienes visiten Polonia), sino porque es un placer encontrarse con un libro donde la profundidad, la prosa impecable y una trama entretenida conviven sin complejos, algo que puede parecer sencillo pero que -no hay más que echar un vistazo a la mesa de novedades de cualquier librería- no debe serlo.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2008
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