
Pues sí, Cristóbal, Rafa
Nadal se ha traído otro
Roland Garros en la mochila, y después de haberlo visto repetir la hazaña cuatro veces puede parecer incluso fácil ganar el torneo de tierra batida en París. Pero no es de eso de lo que quiero hablarte, querido amigo, al menos no de eso exactamente. Verás, Cristóbal, yo no he jugado en mi vida al tenis y no entiendo muy bien esas palabras que usan los comentaristas que retransmiten los partidos -que si
drive, que si volea, que si tal o que si cual- pero hay algo en este chaval que me deja boquiabierto. Me refiero a su educación, a sus modales. A sus veintidós primaveras recién cumplidas y después de estar dos horas dando
raquetazos bajo el sol es capaz de dar una lección de comportamiento, de elegancia, de saber estar o como se diga. Si perder con dignidad es difícil, Cristóbal, mantener las formas al ganar, si además has humillado al adversario, es mucho más complicado. Yo no te voy a contar ahora -ni a ti ni a los oyentes- lo que pasó el domingo cuando Rafa
Nadal ganó
Roland Garros, pero no puedo dejar de acordarme de los modales de más de un futbolista cuando le ponen un micrófono delante: alguna vez alguno alcanza a esbozar un gruñido, o, de vez en cuando, la emprende a cabezazos con un periodista, como si golpeara el balón para rematar dentro del área, y le rompe la nariz. Menos mal que cuando uno escucha hablar a Rafa
Nadal, querido amigo -22 primaveras, no nos olvidemos-, piensa que tal vez el futuro no sea tan oscuro como le parece cuando mira a su alrededor.
© Andrés
Pérez Domínguez, junio de 2008
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