Suicidio asistido

Cristóbal, ya sé que el otro día hablasteis de esto en el programa, igual que se ha hecho en todos sitios, y el asunto de la eutanasia, el suicidio asistido o como lo quieras llamar, qué te voy a contar, es poco menos que espinoso. Más que espinoso tal vez. Yo soy de los que están a favor, querido amigo. No sé que pensarás tú, y, si piensas lo contrario que yo, sabes que lo respeto, pero lo que yo creo es que si uno quiere decir hasta nunca debería bastar con su voluntad. Sin más debates y sin más milongas ni demagogia barata. Y si uno no puede hacerlo por sí mismo porque está paralizado del cuello para abajo, que alguien pueda echarle una mano sin que luego la guardia civil aporree la puerta de su casa para darle las buenas noches y pedirle que lo acompañe al cuartel. Si le dan las buenas noches, desde luego. Pero claro, hay matices, y cuando a uno le deja de regir el cerebro y tiene que llevar pañales tampoco es imposible que los familiares lo consideren un estorbo y se froten las manos a escondidas mientras de puertas afuera dicen póbrecito el abuelo, si lo mejor que puede pasar es que se nos muera. Menos mal que ahora podemos llevarlo al hospital para que le pongan una inyección y ya no sufra más. Y luego, ya sabes, el muerto al hoyo y el vivo a bollo. Y si queda algo de herencia para repartir, pues mucho mejor. En fin, que lo mejor, supongo, es dejarlo bien claro cuando uno está en pleno uso de sus facultades, Cristóbal, para que no haya dudas después y no pueda venir un cura o un político -que a veces mandan lo mismo- a decirme que mi alma se va a condenar para siempre, o el alma del que me ayude, si se da el caso, que será un ser querido que me hará el último favor. Así que yo quiero aprovechar hoy para dejar claro que mi voluntad, si alguna vez llega el caso, es que me desenchufen, que dejen de darme de comer, que me den un bote de pastillas y me quede dormido o que me pongan un cojín encima de la cara cuando esté roncando para que deje de respirar. Pero que si alguna vez me veo en ese trance y ya no tengo facultades para pedirlo yo mismo que haya constancia que una vez lo dije delante de un micrófono, Cristóbal: que nadie se meta en cuándo ni como puedo despedirme para siempre. Que me dejen que sea yo por lo menos el que tome la última decisión.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2008

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet