¿El tamaño importa?
Llevo media vida escuchando
argumentos sobre los libros que prefieren los lectores. Algunos escritores, y
editores, aseguran que el libro ideal no debería sobrepasar las 350 páginas,
porque, en los tiempos que vivimos, nadie quiere pasarse semanas, o meses,
llevando a cuestas la misma novela. Para quienes sostienen este argumento,
escribir un libro de más de 500 páginas es una falta de consideración hacia el
lector moderno. O casi. Si esto fuera cierto, los libros de relatos o las
novelas cortas deberían estar en lo más alto de las listas de los más vendidos.
Pero no es así. Los índices de lectura de libros de cuentos, por muy buena
salud que tenga el género (y es para celebrarlo), son ridículos comparados con
la narrativa en distancia larga. Y con la novela breve sucede tres cuartos de
lo mismo. Yo tengo la sensación de que incluso hay menos lectores de novelas
cortas que de cuentos. ¿Por qué? Ni idea. Dicen que el lector medio no está
habituado a cambiar de registro cada pocas páginas y por eso prefiere novelas
antes que relatos. Pero también dicen que los cuentos resultan ideales para que quien no disponga de mucho tiempo pueda leerlos de un tirón. Parece un
conflicto irresoluble. Quizá sea todo mucho más sencillo. Hace poco me preguntaban
en una entrevista en qué género me gustaría que fueran clasificadas mis novelas. La
clasificación por género tiene mucho que ver con estrategias de venta,
respondí. En realidad, yo creo que los libros deberían agruparse, a grandes
rasgos, en tres categorías: buenos, malos y regulares. Todo lo demás son fuegos
artificiales. Con el tamaño pienso lo mismo. Un libro de 120 páginas puede ser
tan bueno o tan malo como uno de 750. La lógica me empuja a decir que quizá sólo sea
aquí absolutamente cierto eso de que el tamaño no importa, pero
resulta que también estoy convencido de que, por mucho que digan algunos
editores y escritores, cuando un libro te gusta lo que quieres es que nunca se
acabe, que cuantas más páginas tenga, mucho mejor.
Vale. Me mojaré. Reconozco que sentir en mis manos el peso de un tocho de mil páginas de un escritor solvente me reconforta. Es como sentarte delante de un plato repleto de comida sabrosa cuando estás muerto de hambre. Y a quién no le gusta que lo bueno dure un rato muy largo. Ya no hablo sólo de libros...
Vale. Me mojaré. Reconozco que sentir en mis manos el peso de un tocho de mil páginas de un escritor solvente me reconforta. Es como sentarte delante de un plato repleto de comida sabrosa cuando estás muerto de hambre. Y a quién no le gusta que lo bueno dure un rato muy largo. Ya no hablo sólo de libros...
© Andrés Pérez
Domínguez, julio de 2012


Comentarios
Muchos saludos,Andrés!
Gracias por vuestros comentarios.
Abrazos para todos,