La mirada de otro
Cuando viajo a una ciudad que no es la mía o no estoy acostumbrado a
visitar suelo levantar la cabeza para admirar las plantas más altas de los edificios,
la arquitectura a veces diferente a la que están acostumbrados mis ojos. Seguro
que la gente que vive en Nueva York, una de las ciudades más
falsamente imaginadas por quienes nunca la han visitado, no padece tortícolis
de tanto mirar las últimas plantas de los rascacielos mientras camina, algo que
yo, por muchas veces que visite la ciudad, siempre acabo haciendo.
Por desgracia la mirada se cansa o se atrofia al vivir mucho tiempo en un
mismo sitio. Se aburre quizá. Es humano, supongo, pensar siempre que lo mejor
es lo que no tenemos, lo que está más allá. Pensaba ayer sobre esto después de
recorrer un par de días el Aljarafe con un amigo al que tengo un gran aprecio.
Cada vez que se acerca por esta comarca repleta de pueblos y urbanizaciones
entre Sevilla y Huelva a mi amigo le afecta un entusiasmo contagioso por las casas con fachadas encaladas, las iglesias viejas, los monasterios junto a
la carretera, la tranquilidad de algunos pueblos que para muchos resulta
tediosa, los bares, las tabernas y las mujeres guapas. Y al final uno termina
también sintiéndose feliz, igual que cuando viajas a una ciudad extranjera que
te gusta mucho con una persona muy querida, porque descubres que las mismas
calles monótonas que tan bien conoces, incluso tu propia casa, el
despacho donde escribes o la caja donde guardas los manuscritos y los bolígrafos
gastados, para alguien que los ve por primera vez adquieren una dimensión que para ti ya no es posible. Pero basta esa mirada de otro sobre tu mundo
aburrido para que al día siguiente vuelvas a pasear por las mismas calles o a sentarte
delante de la mesa en la que escribes cada día y todo, curiosa, felizmente, te
parezca menos monótono, menos anodino.
© Andrés Pérez
Domínguez, julio de 2012

Comentarios