El chispazo y la espeleología
Mi
querido José María Merino me dijo una vez que escribir un cuento es como una
iluminación mientras que escribir novelas es como hacer de espeleólogo. Pienso
mucho en esa frase estos días, sobre todo después de que otro amigo escritor me
pidiera hace no mucho un relato para trabajarlo con sus alumnos en el taller de
escritura que imparte. Después de leerlo con sus alumnos mi amigo me dio un
amable tirón de orejas: se lamentaba de que tenga aparcada mi faceta de
cuentista. No dejes de escribir cuentos, Andrés, me decía. En ellos anidan
temblores que, muchas veces, no es fácil trasladar a las novelas. Me decía eso
y algunas cosas más que mejor me callo. Y la verdad es que tiene razón mi
amigo. Hace tiempo que no escribo cuentos, y lo echo de menos. Lo echo mucho de
menos. Pero no resulta sencillo encontrar una editorial que los publique dignamente
y los distribuya con un mínimo de garantías. En 2009 publiqué una colección de
cuentos, El centro de la Tierra, que
ese mismo año fue finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos
publicado en España. Pero la edición era infame y la distribución tan mala que
me alegro de haber recuperado los derechos de ese libro para poder reeditarlo
en el futuro.
Es
verdad que durante los últimos años he estado muy concentrado en mis novelas, y
también lo seguiré estando en el futuro. Pero el mensaje de mi amigo me ha sacudido
algo por dentro y ando estos días revisando una decena de textos que me gustaría
publicar en el futuro. Y al hacerlo me afecta una rara emoción de la que casi
nunca gozamos los escritores con nuestros propios textos. Había algunos cuentos
de cuyo desarrollo o resolución ya no me acordaba, a veces sólo tenía una vaga
idea de la trama. Es curioso, porque soy capaz de recordar párrafos enteros de
libros que he leído hace más de treinta años pero inconscientemente me esfuerzo
en olvidar mis propios textos. Qué placer poder leer al fin una obra tuya como
si lo hubiera escrito otro. O a lo mejor es que en realidad la escribió otro porque ya no eres la misma persona. Y mi amigo llevaba razón en lo de los
temblores que anidan en los cuentos. Es algo especial. Una emoción que no se puede
conseguir ni con la mejor de las novelas. No es más fácil ni más difícil. Es diferente.
Simplemente. Y a veces a uno le apetece más acudir al estímulo de un fogonazo que
hacer de espeleólogo.
©
Andrés Pérez Domínguez, enero de 2013



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Un abrazo,