La caseta de La araña



        
El año pasado por estas fechas llevaba doce años sin pisar la feria de Sanlúcar la Mayor. He escrito doce años, sí. No era una promesa ni un exilio, sino que, simplemente, los años pasan, cada vez más rápido, y cuando uno quiere darse cuenta un mes no es más que un suspiro, un año apenas un parpadeo, y el calendario de una década tarda menos en pasar que el momento en que uno mira para otro lado engañándose inútil y estúpidamente sobre el paso del tiempo. No sé si habrían pasado otros doce años —o menos, o más— sin pisar la feria si mi viejo amigo José Manuel Bou no me hubiera llamado unos meses antes para contarme que los socios de la caseta de La araña habían decidido concederme la insignia de 2013: La araña de oro. ¿Qué hecho para merecer este reconocimiento?, le pregunté. Eres un escritor laureado, me dijo Bou, y siempre que tienes ocasión dices en alguna parte que eres un tío de pueblo, que te has criado en Sanlúcar la Mayor.
         La importancia que se da al trabajo de los escritores siempre me ha parecido exagerada. No es una profesión más digna, ni más indigna, que la de albañil, carpintero, electricista o soplador de vidrio. Si acaso, más solitaria. Pero la mayoría de la gente —menos los propios escritores: sé de lo que hablo…— le encuentra algo místico a un oficio que, básicamente, consiste en encerrarte en un despacho durante meses, o años, para vivir entre folios con héroes que no existen más que en tu imaginación, con la esperanza casi siempre quijotesca de que miles de personas te lean un día y quizá lleguen a preguntarse sin son seres de carne y hueso y no personajes inventados. Luego, a poco que tengas suerte, te dedicarán páginas en los periódicos, saldrás en la tele y responderás a muchas entrevistas en la radio, un poco perplejo siempre porque lo que ha salido de tu imaginación pueda llegar a calar tan hondo en los demás. Sería estúpido quejarme por ello. Vaya por delante que no se trata de eso. Pero que esté encantado con el resultado de mi trabajo no quiere decir que, por muchos libros que escriba, la repercusión de un oficio tan solitario y tan extraño deje de sorprenderme.
         Pero hablaba de la feria de Sanlúcar la Mayor. Hasta hace doce o trece años yo tenía la caseta de mis padres. Pero mis padres se fueron a vivir fuera una larga temporada, y durante muchos años yo mismo estuve muy alejado del pueblo, por mi trabajo, por mis viajes, por la vida, vaya. Y aunque no me cabe duda de que cualquiera podría cruzar el arco de la feria de Sanlúcar la Mayor y enseguida encontrar una caseta en la que ser acogido, uno de los motivos de no volver a pisar el real era el hecho de no tener mi propia caseta en la que sentirme cómodo, sin tener que esperar a que alguien se apiade de ti.
         En la caseta de La Araña me invitaron el año pasado a la cena del pescaíto, me colocaron una insignia que tengo ahora mismo en la mesa mientras escribo este texto, y durante un rato me dieron —nos dieron, a mis padres y a mí— mucho más cariño del que merezco. También me dijeron que ya tengo una caseta para siempre. Y sé que lo dijeron de verdad. Quizá por eso no pasarán otros doce años hasta que vuelva a pisar la feria de Sanlúcar la Mayor.

(Publicado en el libreto de feria de Sanlúcar la Mayor, 2013)

         © Andrés Pérez Domínguez, abril de 2013



Comentarios

  1. Suerte que tienes te aprecian mucho en tú pueblo .Nunca he estado en la feria y parece que se pasa muy bien pero un poco agobiante no? con tanta gente.Un saludo

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