Tareas domésticas
Durante años
me he resistido. Lo confieso. Presumía de no necesitar que viniera nadie a
casa para fregar el suelo o limpiar la cocina porque yo mismo podía hacerlo. Pero
me he dado cuenta de que se trataba de la misma ingenuidad prepotente con que mucha
gente saca pecho y presume de su capacidad de hacer cualquier cosa para la que
se necesita experiencia y habilidad, aunque haga el ridículo.
Esta mañana
empecé a trabajar muy temprano, cuando amanecía. Había que adelantar porque
tenía cosas que hacer a media mañana. Antes de irme le pagué a la asistenta, me
despedí, y le pedí que se asegurase de haber cerrado bien la puerta. Al volver estaba
todo tan limpio y las camisas tan bien planchadas que si yo hubiera tenido que hacerlo
habría tardado tres días.
Sí. Es que desde
hace tiempo, y contraviniendo todos mis principios absurdos, acude una mujer a
casa, cada semana o cada dos semanas, según, y al asomarme al salón o a mi despacho
cuando se ha ido me siento ridículo. Siempre he sospechado que los hombres tenemos
alguna tendencia congénita al desorden y a la pereza para las tareas domésticas,
y aunque yo siempre me he esforzado por mantener mi casa lo bastante digna para
que no se espanten las visitas, desde que alguien viene a hacerlo por mí ya no
lo sospecho: estoy convencido. Ya veis, soy capaz de hacerlo todo yo mismo, pero
tardo el doble —qué digo el doble, el triple— en planchar una camisa. Cuando
veo a mi madre doblar una camiseta, en el aire, sin mirar siquiera, y conseguir
una cuadrícula perfecta, sé que nunca seré capaz de hacerlo igual. Yo las tengo
que colocar encima de la cama después de plancharlas, y la forma que adquieren las
camisetas después de doblarlas se parece bastante a la imagen de un cuadro de
Picasso, y además con alguna arruga inoportuna. Pues escribir novelas es mucho
más difícil, me dice mi madre siempre, riéndose.
La mujer que
ahora viene a ayudarme con estas cosas seguramente piensa lo mismo. Llega muy
temprano y me encierro en mi despacho a trabajar en lo que mejor se me da
mientras ella se arremanga en hacer lo que le resulta tan sencillo. No me
molesta para nada. Ni siquiera llama a la puerta. A veces llega la hora de marcharse
y aparte de los buenos días no hemos hablado nada más en toda la mañana. Alguna
vez la he visto mirar los miles de libros que tengo y mis papeles con cierta extrañeza
reverencial, con ese respeto de a quienes el oficio de escritor debe de parecerles
el resultado de algún conjuro nigromántico o una iluminación divina. Nada más
lejos de la verdad. Se trata de un respeto inmerecido. Por lo que a mí respecta,
siento una gran admiración por cualquiera que se esfuerza cada día en hacer su
trabajo lo mejor que puede. Da lo mismo que sea poner ladrillos en un andamio bajo
el sol del verano o hacer cálculos para enviar un satélite al espacio. Y, ya puestos,
quizá uno de los mayores éxitos que se puedan conseguir en esta vida puñetera sea que alguien capaz de planchar tan bien las camisas a cambio de unos cuantos
euros llegue alguna vez a respetarte de la misma manera.
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de
2013


Comentarios
También admiro en general a todos los que hacen su trabajo lo mejor que pueden. Un abrazo !!!
Meg, las letras son las mismas. Tal vez debas ampliar el tamaño en tu ordenador: pulsa crtl + y aumentarás el tamaño.
Abrazos,