El niño que no quería ser astronauta
Entrevista / Andrés
Pérez Domínguez
El niño que no quería ser astronauta
Óscar Gómez / SEVILLA
Al mismo
tiempo que un hombre pisaba por primera vez la superficie de la Luna, otro
hombre veía por primera vez la luz del mundo en Sevilla. Y no deja de tener
gracia que, cuarenta y cinco años después, diga que sus padres “se habrían
sorprendido menos si les hubiera dicho que quería ser astronauta”. La
afirmación la hace Andrés Pérez Domínguez, que con cinco novelas publicadas, más de un centenar de premios literarios
y varias decenas de miles de ejemplares de sus libros vendidos, aún siente
pudor de decir públicamente que es escritor. “Cuando relleno un formulario en
el que tengo que escribir mi profesión, todavía dudo”, confiesa el autor, que
termina el último borrador de su próxima novela, con una trama policial
ambientada en la actualidad, en Sevilla.
Asegura
que su actividad como escritor fue absolutamente clandestina durante mucho
tiempo: “sólo mi familia y un par de amigos sabían que escribía, y cuando tenía
que enviar algún cuento a un certamen me iba a la oficina de Correos de otro
pueblo distinto del mío para que nadie me conociera”. Escribió durante años
cada día entre las seis y las ocho de la mañana y entre las tres y las cuatro
de la tarde, alternando su actividad creativa con su trabajo en un negocio
familiar de muebles. Así concibió ‘La clave Pinner’ y muchos de los relatos con
los que obtuvo premios tan prestigiosos como el Max Aub.
Precisamente,
reivindica la disciplina como un elemento imprescindible para triunfar en el
mundo editorial. “No tengo manías, ni soy bohemio, ni vivo atormentado”,
asevera para tratar de demostrar que la de escritor es una profesión que
también puede estar alejada de los estereotipos, que requiere de saber relacionarse
con la industria y con los lectores, y que sobre
todo el esfuerzo diario es imprescindible. “Para dedicarse
profesionalmente a cualquier cosa, hay que trabajar mucho. Para vivir de la
literatura, también. Tienes que escribir contento y triste, enamorado y
desenamorado”. Y asegura que lo hace, que ningún lector que no le conozca
además personalmente será capaz de discernir el estado de ánimo en el que se
encuentra exclusivamente por su forma de escribir. No deja que su literatura se
impregne de sus emociones, y tampoco permite que le afecte emocionalmente lo
que escribe: “Muchos lectores me preguntan si lo pasé mal escribiendo algunas
escenas muy duras sobre los trenes que llegaban a los campos de exterminio en El violinista de Mauthausen, pero el
escritor tiene que desaparecer de su obra, de la misma manera que un fotógrafo de Playboy que retrata a
una modelo se fija, más que en sus curvas, en la luz, en el encuadre, en el
enfoque…”. Aún
así, procura que sus libros tengan una voluntad literaria y un asunto moral
sobre el que reflexionar.
Una
de las confesiones que realiza durante la entrevista es un latigazo en la
conciencia: dedicó su primera novela a
su padre, y a quien no podría haberla leído, su abuelo, porque no sabía
leer. En él se inspiró además para crear uno de los personajes más
determinantes en la trama de la historia de amor, de honor y espionaje que
encierran sus páginas. Pérez Domínguez es un tipo justo con quienes le rodean
o, simplemente, se cruzan con él en una esquina de la existencia. Libera
tensiones con el karate, que practica con el mismo maestro desde hace más de
treinta años, y tal vez sea la filosofía de ‘el camino de la mano vacía’ lo que
le permite estar en paz con el mundo, conservar a todos sus amigos y citar a
Muñoz Molina —a quien también considera maestro— para dividir a quienes habitan
el planeta entre deudores y acreedores, y considerarse de los primeros. “No voy
por ahí pensando que el mundo está en deuda conmigo, sino todo lo contrario”, sentencia.
La
conversación con el autor se llena sin quererlo de pequeñas reivindicaciones,
como la del escritor alejado de la bohemia, o la de la figura del editor: “No
es un vampiro que le está chupando la sangre al escritor. Hace un trabajo de
selección, de publicación, arriesga su dinero. Cuando compras una novela publicada por una editorial, también
estás comprando un criterio”, asegura con una vehemencia contenida, pero con
firmeza, “hay que tener paciencia en el mundo editorial, porque uno no siempre
publica cuando quiere y lo que quiere. Tienes que tener en cuenta que la
editorial tiene que ganar dinero para que tú lo ganes también. El manuscrito es
obra del autor, pero un libro terminado y puesto en las librerías es fruto del
trabajo, la experiencia y el esfuerzo de mucha gente”, concluye.
Y
resuelto a analizar el contexto editorial en la actualidad, se lamenta de que
el entorno digital esté arruinando el negocio en varios sentidos. Por un lado,
el escritor sevillano critica con dureza la piratería, “todos nos hemos
descargado una película y todos hemos ido a más de ciento veinte por la
autovía, pero a la Guardia Civil no le puedes hacer un corte de mangas. Al autor, sí. La gente piratea
porque puede. Así de sencillo”. Y aún le preocupa más el hecho de que sea
prácticamente imposible encontrar en las salas de espera de las consultas
médicas o de las notarías a alguien que lea
un libro, porque todo el mundo está pendiente de Facebook en la pantalla de su móvil.
Aún así, a menudo le han puesto de
ejemplo de autor que sabe gestionar sus perfiles en la red para mantener un
contacto medido con su legión de lectores. “Nada
más lejos de mi intención. Nunca fue algo deliberado. Surgió de una forma
natural, y hasta hoy. Pero Corres el peligro de vivir en las redes
sociales. Mi tiempo es muy limitado. Yo soy uno, ellos son miles. Procuro leer
todos los comentarios y responderlos, pero hay veces en las que resulta materialmente imposible”.
Durante
la conversación, juega con el manuscrito de su última novela, que reposa encima
de la mesa en un estuche de cuero que parece confeccionado a medida del rimero
de hojas. Escribe a mano, con pluma, simplemente porque le gusta el tacto del
papel. “Es una manera muy buena de enfriar el trabajo, te distancias al
pasarlo al ordenador, porque si escribes directamente corres en la computadora el riesgo de pensar
que está más terminado de lo que lo está realmente”. Numera cada una de las páginas, y cada
cierto tiempo también consigna el número de palabras. “Ciento ochenta mil, pero
creo que no pasará mucho de quinientas páginas cuando
llegue a las librerías”, asegura hojeando el manuscrito, rememorando la cita de
Antoine de Saint-Exupéry que decía que “La
perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay
nada má que quitar”. Tal vez sea
cierto eso que dicen de que se publica para dejar de corregir, añade Pérez Domínguez.
De
hecho, no todo lo que ha escrito Andrés Pérez Domínguez ha sido publicado. “La primera novela que escribí, hace
veinte años ya, permanecerá en un cajón para siempre por decisión mía. Aunque
tengo clavada la espinita de publicar en condiciones óptimas una parte de mi
obra, el relato y la novela corta”, se lamenta el escritor andaluz. “Pero es
algo que se irá solucionando poco a poco. De hecho, en 2015 se publicará una
novela breve premiada en 2009 en un certamen iberoamericano: Los perros siempre ladran al anochecer”.
“No me gusto nunca escribiendo, y eso es bueno”, responde como única
justificación.
A vueltas con el contexto literario, no cree que haya una crisis
creativa. “Hay tantas historias interesantes como gente capaz de contarlas”. Tampoco se
deja influir por las modas
literarias, —la publicación de sus long
sellers coincidió con éxitos editoriales como El Código Da Vinci, La
Catedral del Mar o las trilogías de Stieg Larsson y E.L. James— pero reconoce
que su primera novela publicada en 2004
en una editorial comercial marcó su trayectoria como autor, y la temática
de su obra: “el éxito de La Clave Pinner
ha condicionado mi carrera. Detecté que el papel del espionaje en España
durante la Segunda Guerra Mundial era algo que no se había contado adecuadamente”. Y lo detectó
investigando para aportar rigor a cada detalle, a cada escenario y a cada
gesto, como hace siempre. “Para escribir El
síndrome de Mowgli vi decenas de combates de boxeo y leí el reglamento
completo. Para El Factor Einstein
aprendí de física, y visité la casa en Nueva York en la que el Nobel firmó la
carta para convencer a Roosevelt de que construyera la bomba atómica. Ahora,
gracias a un amigo policía, he pasado muchas horas en la Jefatura Superior de Andalucía”. Y no todo lo aprendido por
el autor, en su condición de investigador, termina por tener reflejo en la
trama. “A veces sólo sirve para crear una atmósfera”, dice el novelista, “lo
que se lee no es ni la punta del iceberg. Lo importante, queda debajo, oculto
al lector”.
Además de la disciplina férrea y
de la paciencia para esperar buenas oportunidades editoriales para sus obras,
el escritor que dejaba la llegada del hombre a la Luna en un segundo plano para
su familia cuenta con dos cualidades imprescindibles para su forma de concebir
el oficio literario: una inagotable curiosidad y una memoria prodigiosa, digna
de estudio neurocientífico. Suscrito a la
revista Muy Interesante desde su primer número, presume de no haber perdido jamás una partida de Trivial Pursuit, es capaz de recordar párrafos enteros de libros leídos hace décadas o la fecha exacta y el lugar en el que
conoció a cada una de las personas que cuentan con cierta relevancia en su vida
y también a muchas que no significaron nada, conversaciones, fechas, datos.
Lo que no es capaz de recordar, en cambio, es el instante en el que decidió ser escritor, ni siquiera si lo pensó
así en un determinado momento: “desde siempre he sentido el impulso de hacer algo que emocionara a los demás, y escribir era
la única forma de conseguirlo que
tenía a mi alcance”.
@oscar_gomez
Esta entrevista fue publicada en Aladar, suplento cultural de El correo de Andalucía, el uno de julio de 2014






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