Los motivos de cada uno
¿Por qué escribes? Es una pregunta que te formulan antes o
después en las entrevistas, o los lectores. Siempre me acuerdo
de aquello que dijo Javier Marías y lo perseguirá siempre, aunque tal vez lo
soltara sin pensarlo demasiado: “Escribo para no tener jefe y para no tener que
madrugar”. No está mal, pero no me sirve porque soy un jefe insoportable cuando
se trata de mí mismo, no me permito un descanso, y suelo levantarme temprano.
Aunque me sigue gustando esa respuesta, creo que la pregunta correcta, cuando
uno lleva ya un par de décadas estrujándose la cabeza para inventarse historias,
debería ser: ¿por qué sigues escribiendo? El trabajo literario tiene muy poco
de glamuroso. La mayoría de la gente sólo ve el resultado: los libros en las
mesas de novedades ―si tienen la suerte de llegar ahí―, las entrevistas ―si las
hay―, la celebridad incierta y engañosa que procura el salir en la tele y tu
foto en la solapa de una novela. Pero eso dura muy poco, y para llegar a eso hay que pasarse muchos meses, años, sentado día tras día en una habitación
mientras la vida pasa al otro lado. Entonces, ¿por qué sigo escribiendo? Me pregunto,
después de haber tenido la suerte de ganar premios,
publicar libros, tener lectores, pero también haber descubierto lo complicada que es esta profesión. Por vanidad, dirá algún malpensado. No creo.
Después de hacerlo tantas veces estoy acostumbrado a los viajes imprescindibles para
la promoción de cada novela, a las entrevistas, a los medios de comunicación.
Pero soy de los que prefieren el anonimato y entiendo que todo ese circo ―redes
sociales incluidas― forma parte de mi trabajo. ¿Por dinero? Me da la risa
cuando lo pienso: hay formas mucho menos amargas y esforzadas de ganarse la
vida que escribiendo novelas. Y las nubes del negocio literario pintan muy
oscuras. ¿Porque me gusta? Puede, pero también hay otras muchas cosas que me
gustan en la vida o me apetece hacer. Reflexiono sobre este asunto después de haber acabado una nueva novela que me ha tenido ocupado
durante el último año. No soy de los que piensan que escribir sea un
parto doloroso. Se trata un trabajo tan sencillo o tan complicado como
cualquier otro. Sólo eso. Pero es verdad que no ha habido una sola vez que al
llegar a la última etapa de la creación de una novela no me haya preguntado si
el esfuerzo merece pena. No nos engañemos: en España se lee poco, la crisis, la
piratería... Son demasiados factores para no tenerlos en cuenta. Sin embargo,
no hace ni un mes que puse el punto final a la novela y a menudo me descubro
pergeñando una nueva historia, imaginando personajes o situaciones mientras voy
conduciendo, paseando, montando en bici o cuando estoy en la cama a punto de dormirme.
Acabo de terminar un libro, y como siempre, no dejo de pensar en los errores
que he cometido. Errores de los que tal vez yo sólo pueda darme cuenta, pero
con eso me basta.
Siempre me pasa eso al acabar una nueva novela: me pregunto
si un capítulo no debería haberlo abordado de otra forma, si el comportamiento
de un personaje es el más adecuado, si no podría haberme esforzado un poco
más para hacerlo mejor. Y creo que ahí está la respuesta a esa pregunta que me
planteaba más arriba: ¿por qué sigo escribiendo? Es verdad lo que dice Stephen
King: no se trata de ganar dinero, ligar mucho o hacer amistades. El maestro de
Maine dice que sobre todo es para enriquecer tu propia vida y las de los que te leen. Es posible. Pero creo que es más sencillo todavía, al menos en mi caso: lo que me empuja a
seguir escribiendo es la posibilidad de redención en cada nuevo libro, hacerlo un
poco mejor que la última vez, no volver a cometer los mismos errores. Si acaso,
errores nuevos de los que con suerte podré aprender. Por eso siempre que uno empieza
un libro es como si fuera la primera vez.
© Andrés Pérez Domínguez, julio
de 2014


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