Lo inesperado
He dormido regular
por los fuegos artificiales y los petardos de los chavales -que no me
gustaban de niño y de mayor siguen sin gustarme- y por un resfriado
traicionero que me obliga a estar encerrado. Me visto igual que para
una expedición polar y salgo a dar una vuelta con Mowgli. La mañana
del uno de enero tiene un aire inevitable de película
postapocalíptica. Hasta los perros parecen tener resaca, porque
ninguno ladra cuando pasamos por la puerta de su casa. No me gusta
hacer planes, pero en las calles desiertas empiezo a pensar en los
asuntos de los que habré de ocuparme este año recién estrenado:
una novela corta que estará en las librerías en pocas semanas, un
registro al que no tengo acostumbrados a mis lectores, y la
curiosidad y la incertidumbre siempre agazapadas. ¿Gustará?
¿Juzgarán los lectores la obra por sí misma o será imposible que
no la comparen con otras novelas mías? También, la semana próxima
empezaré a dar un último repaso a la novela que me ha tenido
ocupado desde septiembre de 2013 y se la mandaré a mi agente. Ayer
me preguntaba un amigo por esta nueva novela y le decía que aún no
la había entregado. Me gusta dejar reposar los libros que escribo
antes de enseñárselos a nadie, le expliqué. Lo cierto es que cada
vez me gusta más. Luego creo que retomaré un proyecto que tenía
iniciado cuando se me cruzó esta nueva novela que entregaré en las
próximas semanas, una historia en la que me reencuentro con mi
querido Gordon Pinner. Tengo unas doscientas páginas, así que puede
que antes de que acabe 2015 esté lista. Pero, quién sabe. Decía
más arriba que no me gusta hacer planes, y lo mejor sería que no
hubiera un sólo día en este año que empieza en el que no sucediera
algo inesperado.
Andrés Pérez
Domínguez, enero de 2015

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