Contrastes

No es que tenga una cierta edad. Qué va. Me considero una persona aún joven. Y lo digo sin esperar caer en el pecado habitual de quienes van cumpliendo años, en la coquetería estúpida de decir que se consideran jóvenes a pesar de arrastrar muchas décadas en la osamenta, a pesar de que en el calendario de su vida quedan más fechas marcadas, por detrás, que espacios por delante sin tachar. Pero a pesar de ser joven, uso gafas para leer. Puedo leer perfectamente sin usarlas, pero si lo hago a menudo, a veces acabo con dolor de cabeza.En fin, que todavía no tengo que estirar los brazos para leer el periódico, alejándomelo de la cara como si apestara. Sin embargo, acabo de comprobar que hojear el periódico con los brazos extendidos, incluso enturbiar los ojos adrede para ver sólo formas confusas en el papel, puede ser un ejercicio saludable, un ejercicio, que si bien nos impide leer las noticias, sí nos estimula la lucidez, como si una mano invisible pulsase un interruptor que nos hiciera ver las cosas de otra manera. Lo malo de leer el periódico así es que acaso uno ya no puede volverlo a leer nunca igual que antes, o, como poco, ha de leerlo dos veces, una vez como siempre, párrafo a párrafo, y otra, con las manos extendidas, tratando de ver el bosque completo en lugar del árbol.Al abrir un diario veo, en página impar, la foto de la bellísima Charlize Theron en un anuncio de cosmética: la página entera, los ojos azules, el pelo rubio y los labios de rosa pálido. Tan hermosa que casi hace falta ponerse unas gafas de sol para mirarla. Es por eso por lo que estiro los brazos, para disfrutarla mejor, pero entonces, cuando relajo las piernas y acomodo la espalda en mi sillón favorito para buscar el mejor encuadre de la actriz, se me cuela la otra página en mi campo visual. A la izquierda, una noticia breve me cuenta que 100.000 cubanos van a ser evacuados ante la llegada de un huracán. Para ilustrar el texto, la foto de una cubana escuálida, con un cigarrillo en la boca, el ceño fruncido, y un niño y una manta —que juntos deben pesar casi tanto como ella— en cada brazo. Consternado, paso la página, y me encuentro con la misma versión, pero en color, o sea, en negro, y también en duplicado. A la derecha, una modelo que se parece mucho a Naomí Campbell, pero que no es Naomí Campbell, clavando sus ojos turbadores en mí. Instintivamente, se me estiran los brazos, para contemplar la belleza oscura en todo su esplendor, y zas, otra vez el mazazo. A la izquierda, a media página, en la parte inferior, las fotos de dos bebés africanos ilustrando el anuncio de una ONG.No sé si alguien habrá dispuesto los anuncios así, intencionadamente, si ha colado una fotografía junto a la otra para hacernos pensar. Leer el periódico con los brazos extendidos, como un hipermétrope extremo, como si las páginas apestasen igual que un basurero, puede ser un ejercicio inestimable de lucidez, pero también, por desgracia, puede hacer que de pronto se te quiten las ganas de comer al darte cuenta del mundo, casi siempre tan hipócrita, en que vivimos.

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