Entrevista en El Tintero

Diagnóstico: El síndrome de Mowgli, de Andrés Pérez Domínguez

Yolanda Barambio Checa
El Síndrome de Mowgli (Algaida), una novela negra al margen de los estereotipos nos hace vivir y sufrir la vida de Rafael Montalbán, llevados por un verbo fácil y cuidado, enganchados por un personaje que siempre llega a las últimas consecuencias de su vida, que asume sus errores. Montalbán quiere volver a empezar, no para enmendar lo que pasó, sino para comenzar una nueva vida alejada de frustraciones pasadas, para ello, el inicio de su nuevo viaje se encuentra en la ciudad donde se perdió definitivamente, Lisboa. Andrés Pérez Domínguez nos hace encontrar el refugio de una buena historia llena de personajes verdaderos, con una trama que sorprende por profunda y redonda. El Síndrome de Mowgli hace que dejemos de tenerlo porque será complicado no identificarse en ninguno de sus pasajes. Todos encontramos nuestro lugar junto a Montalbán que no piensa dejar de buscarlo.
¿Rafael Montalbán es un héroe, un perdedor o un romántico?
No es un héroe al uso, desde luego. En realidad, yo diría que es un poco quijotesco. Él ha emprendido un viaje a Lisboa con el amor de su vida, y es consciente de que puede que sea absurdo, pero a pesar de ello quiere llegar al final, aunque el pasado no deje de perseguirlos, aunque quizá no tenga sentido esa huida. Me pregunta mucha gente si no será un antihéroe, y no estoy de acuerdo. Un antihéroe es otra cosa. La definición que más me gusta, y la que creo que mejor le viene a Rafael Montalbán, es la que suele hacer Arturo Pérez-Reverte de sus personajes: dice que son héroes cansados. Yo creo que Montalbán es un héroe cansado, un tipo que ya tiene el colmillo demasiado retorcido como creer en los héroes, pero que, a pesar de todo, y por las circunstancias en las que se va a ver envuelto, no le queda más remedio que ser un héroe, tal vez a su pesar.
También es un perdedor, pero quiero matizar que es un perdedor con dignidad, que son los que a mí me interesan. Un tipo que a pesar de la derrota y la vida fracasada jamás se rinde, que sigue luchando. Supongo que eso le viene por haber sido boxeador: Montalbán está acostumbrado a no rendirse, y, sobre todo, tiene claro que hasta que no se llega al último asalto la pelea no ha terminado. Ni en el cuadrilátero ni en la vida.
Es un romántico, claro. Si no, no seguiría perdidamente enamorado de una mujer que lo traicionó dieciocho años atrás.
No estamos acostumbrados a este tipo de personajes en la novela negra, todos son atípicos, ¿Lo has hecho a propósito?
Sí. A mí me gusta huir de los tópicos, del encasillamiento. Yo quería que Rafael Montalbán fuera sobre todo un tipo con buen corazón, a pesar de dedicarse a dar palizas por encargo, cobrar deudas a morosos, ser espantador de amantes por cuenta de maridos cornudos o portero de club de alterne. Tampoco me gusta mucho la clasificación por géneros. Yo no creo mucho en los géneros. Creo en la Literatura. Simplemente. Mis dos novelas anteriores, La clave Pinner y El factor Einstein, tenían unos personajes que estaban relacionados con el mundo del espionaje y la Segunda Guerra Mundial, pero para mí no son novelas de espías, sino novelas que hablan sobre todo de sentimientos, que es lo que a mí me interesa, por encima de todo, en las historias que escribo. Con El síndrome de Mowgli ocurre lo mismo. Es la historia de un hombre que busca la manera de redimirse de un pasado en el que no se ha portado todo lo bien que tenía que haberlo hecho. Por alguna razón, esto es un denominador común en toda mi obra: la traición y la forma en que los personajes buscan redimirse de ella.
Nos pasamos toda la novela pensando que traicionó a su admirado jefe pero luego descubrimos que no fue para tanto y que además dejó el boxeo no porque perdiera combates, sino porque uno de ellos lo ganó en exceso; es demasiado bueno incluso para retener a la persona que ama, ¿cómo se explica esta psicología?¿En el fondo cómo es el protagonista?
No fue para tanto pero para él sí que lo fue. Rafael Montalbán es un hombre de principios, y un hombre de principios nunca podrá estar tranquilo mientras no haya arreglado las cuentas de sus errores. Y es que es, sobre todo, una buena persona. Lo que ocurre es que en la vida uno no siempre hace lo que quiere, sino lo que puede. Él es un cazador solitario, pero sobre todo es como Mowgli. Yo recuerdo que, cuando leí El libro de la selva, de Rudyard Kipling, tenía once años, y la sensación que me quedó fue de mucha pena de Mowgli. Nada que ver con la película de Disney. A Mowgli lo crían los lobos hasta que crece y empiezan a desconfiar de él porque es demasiado inteligente, porque es un hombre, y lo echan de la manada. Luego se va a vivir a la aldea con los hombres y éstos lo consideran demasiado salvaje para estar con ellos, con lo que lo único que le queda es irse a vivir solo a la selva, convertirse en un cazador solitario. Rafael Montalbán, el protagonista de la novela, reflexiona y llega a la conclusión de que a él le ocurre lo mismo que a Mowgli. Es un matón a sueldo pero no se siente a gusto en ese mundo, pero también sabe que ya es demasiado tarde para poder encajar en otro. El síndrome de Mowgli es una metáfora con la que, por lo que me cuentan los lectores, se está identificando mucha gente. No es más que la falta de pertenencia, lo que le sucede a quienes no acaban de encontrar su lugar en el mundo, como una pieza de puzle que nunca termina de encajar. De algún modo u otro, parece que mucha gente se ha sentido en algún momento como Mowgli.
¿Por qué Lisboa?
Lisboa es una ciudad que, con esas fachadas gastadas por la sal del Atlántico, esas cuestas empedradas o la música de los fados me venía muy bien para esa atmósfera melancólica que yo quería que tuviese la historia. Es una ciudad a la que Montalbán tenía que haber ido con Lola dieciocho años atrás pero no pudo ser, y él ahora quiere al menos llegar hasta allí con ella. Podría haber elegido cualquier otra ciudad, y, de hecho, he procurado que no sea la Lisboa turística. Por eso Montalbán en ningún momento hace referencia al nombre de ningún monumento o ninguna calle o plaza, aunque el lector que haya estado en Lisboa seguro que los reconocerá. De algún modo, ir a Portugal significa para los personajes de El síndrome de Mowgli lo mismo que significaba para los forajidos de las películas del Oeste cruzar el Río Grande hacia México. Es pasar al otro lado de una frontera y tener una sensación mayor de libertad, tal vez falsa, pero reconfortante para quienes, como Rafael Montalbán y Lola, están huyendo de su pasado, que no va a dejar de perseguirlos hasta el final.
El libro está escrito en primera persona, ¿Significa que, por fin, Montalbán se ha dedicado a escribir y ha empezado por su vida?
No, no tiene por qué. Pero también es posible que sí, porque habrá tantas interpretaciones posibles como lectores tenga la novela. Y esa es una de las cosas más fascinantes de la Literatura, que una vez que los libros pasan a los lectores empiezan a ser leídos e interpretados de múltiples maneras, muchas veces sorprendentes para el autor. En cualquier caso, la novela está escrita en primera persona porque me permitía un mayor acercamiento al personaje principal, a su voz o a su forma de pensar o de ver la vida, y porque la primera persona, aunque te limita la perspectiva a un sólo personaje, también te permite, creo, muchas licencias.
Es un final abierto, ¿tendrá una segunda parte?
No es ésa la razón, aunque me lo preguntan constantemente. A mí es que me gustan mucho los finales abiertos. Como lector no me gusta que me lo den todo hecho, sino que me den que pensar. Yo prefiero que el lector pueda completar él mismo la historia, o que cuando haya pasado un tiempo después de haber leído la novela caiga en la cuenta de ciertos detalles. Considero que los lectores son muy inteligentes y, como tales, no me parece bien quitarles la posibilidad de que ellos sean los que saquen sus propias conclusiones.No sé si escribiré una segunda parte o si sacaré algunos de los personajes de El síndrome de Mowgli en una futura novela. Puede que sí y puede que no. Después de haber publicado La clave Pinner, que también tiene un final muy abierto, me quedó la sensación de que lo que se esperaba de mí era otra novela en la que el espionaje fuese la columna vertebral, y escribí El síndrome de Mowgli. Por una serie de circunstancias, en aquel momento no pudo publicarse, pero al final me alegro porque ha terminado ganando el premio Luis Berenguer, uno de los más prestigiosos de Andalucía. Pero mientras tanto escribí El factor Einstein que acabó publicándose antes que El síndrome de Mowgli. Quiero decirte con esto que nunca se sabe qué va a pasar en el futuro. Aunque es curioso que con las tres novelas me han formulado la misma pregunta: ¿escribirás una segunda parte? Puede que sea por esa costumbre que tengo dejar abierto el final, aunque espero que también sea porque los lectores se han quedado con ganas de seguir leyendo la historia que les he contado.
¿Cuántos homenajes tiene El síndrome de Mowgli?
Muchos, muchos. El primero, es obvio: El libro de la selva, de Kipling. Pero sobre eso ya te he hablado. Luego están los tebeos (a mí me sigue gustando más la palabra tebeo que cómic) que leí de niño: El Guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno, El Jabato... El Guerrero del Antifaz, sobre todo, también era un poco como Mowgli: no puede vivir ni con los musulmanes ni con los cristianos porque no acaba de encajar en ningún mundo y no le queda más remedio que colocarse un antifaz y ser un guerrero solitario. Luego está El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina, y muchas películas, muchos libros y muchos recuerdos que llevo guardados en mi memoria.

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