Los amables vigilantes del metro de Madrid

Para Antonia J. Corrales, que tenía ganas de leer este artículo
Cristóbal, ya sabes que por algún problema genético no suelo llevarme bien con la gente que viste uniforme, sobre todo si tienen malos modales y yo, tan cabezota o tan ingenuo que nunca aprendo, en lugar de ir a lo mío todavía intento enseñárselos. Los buenos modales, quiero decir. Como sabes, llevo un par de meses de promoción con mi nueva novela, y cuando uno anda viajando de un lado a otro, siempre termina encontrándose un tipo metido dentro de un unforme que, por alguna razón, la mayoría lo lleva dos o tres tallas más pequeña de la que le corresponde, como si las empresas de seguridad que los contratan no pudieran pagarles ropa de su talla, y ahí los tienes, pobrecitos, a muchos vigilantes jurados, con esa mala cara y esa mala leche porque les aprietan las camisetas.
A lo que iba: que al final siempre te encuentras a un tipo de estos cuya educación o sus modales son inversamente proporcionales a su mala leche y yo, aunque estoy bastante viajado sigo siendo un tío de pueblo, y a veces, en un aeropuerto, en un autobús o en un metro, cuando una máquina no funciona y no me deja pasar, lo único que se me ocurre es preguntar, con buenos modales, como me enseñaron en el colegio. En eso andaba yo el sábado, querido amigo, en un tren de cercanías de Madrid, con mi billete en el bolsillo, de vuelta para Atocha, y cuando me llega mi turno en la cola para pasar por el torno, ya sabes, la Ley de Murphy, tan puñetera como siempre: mi billete es el único que cuando pasa por la ranurita me dice la pantalla que nada, Andrés, que te vas a quedar ahí, atrapado, en una tierra de nadie de la que no vas a poder salir. Menos mal que junto al torno hay un señor de uniforme, un tipo agradable que seguro me va explicar cuál es el problema. Ya, no te rías, Cristóbal, pero es que, al cabo, sigo siendo un tipo ingenuo, y a pesar de mis premios literarios, mis novelas y mis viajes, cuando me subo a un tren de cercanías soy como Paco Martínez Soria pero sin boina. Le pregunto al vigilante cuál es el problema y sin dejarme terminar me vocifera que vaya a la taquilla. Le digo -bueno, intento decirle- que yo he pagado mi billete, y que si hay algún problema. Me levanta la voz el segurata, Cristóbal, y me pregunta, acariciando la porra, si no me he enterado de lo que me ha dicho. Como te lo cuento: he visitado unos cuantos campos de concentración, pero hasta el otro día no me di cuenta de lo que se siente cuando un nazi te levanta la voz. Hago cola en la caja, de nuevo, y por fin consigo salir de allí, pero no puedo dejar de pensar, querido amigo, en la de veces que he visto en la tele las imágenes de estos nostálgicos del fascismo apalear a los mendigos o a los inmigrantes que buscan refugio del frío en el metro de Madrid.
Será que eso es lo que tiene ser tan modernos, Cristóbal. Que nos tengamos que despedir de los buenos modales, de la buena educación. Qué quieres que te diga, querido amigo: a veces tengo una visión tan pesimista del futuro que me gustaría que el tiempo se detuviera y que la vida no se estropeara más de lo que está.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2008

Comentarios

  1. Ja, ja, ja...ay, Andrés, yo sólo te pude informar de la frecuencia de horarios de los trenes. Estas cosas ya no se puede prever. Bueno, no sé, a lo mejor sí.
    Un abrazo.

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  2. Bueno, Juamna. El servicio de cercanías me pareció impecable. Ya quisiéramos tener algo remotamente parecido por aquí (los que viven en el Aljarafe seguro que me entienden). Pero lo de los vigilantes es para preocuparse. Es como estar en un campo de concentración.
    Un abrazo,

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  3. Lola y yo, hace unos años, nos metimos por una puerta equivocada (que daba a un sitio cerrado) dentro del Metro de Barcelona. Se dieron cuenta dos seguratas y también se acercaron con modales algo groseros (pastor alemán incluido). Nos pidieron los DNI y todo. Como nos pusimos nerviosos, los mostramos. Si me coge hoy les diría que no tienen derecho a pedir mi documentación...pero bueno. Se atrevieron con Lola y conmigo, que a la vista salta que somos lo más pacífico que se despacha en pacíficos. ¿Harán los mismo con otros tipos de pinta o con algunos de esos armarios empotrados que hay por ahí? A veces me gustaría ser Montalbán, o Montaner...me da igual.
    Un abrazo.

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  4. El problema, Juanma, no es lo que harían con otros tipos como ellos, sino lo que hacen con gente que no puede defenderse o que puede defenderse incluso menos que nosotros: inmigrantes, mendigos, etc. Ellos son los más vulnerables.
    Montalbán se lo habría quedado mirando, simplemente, y ahí habría terminado el asunto. Ya sabes: "Hasta que uno de los dos no se levante..."
    Un abrazo,

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  5. Tu dedicatoria es como un abrazo a distancia, mil gracias, no me lo esperaba, pero me ha llegado, "osease" que me ha gustado un "puñao"
    No he podido acceder al artículo hasta hoy...los duendes de Internet.
    Suele haber, como tú bien dices, mucho nazi y mucho acomplejado y amargado que se enfunda un uniforme y se cree el dueño del "cotarro" y los alrededores. Que, incluso, levanta la cabeza y su barbilla e intenta, que no consigue porque es un enano mental, mirarte como desde arriba, ese sitio en el que, de ordinario, cuando no tiene el uniforme puesto, ni siquiera cata. Son gente despreciable. Creo que este caso es como las vivencias de la mili o las que suceden al volante: casi todos tenemos alguna. Hay demasiado imbécil suelto. Lo que no entiendo, lo que no he entendio nunca, es como en sus empresas no se hace una selección psicológica para no poner a un mierdecilla en semejante puesto laboral.
    Sí, mierdecilla, porque la mayoría son mierdecillas que de seguro si se les acerca una mujer con buen escote y sonrisa lasciva, le pasan al otro lado en brazos mientrás, con una sonrisa estúpida, se comen el billete defectuoso.
    Es un tonto a las tres de esos que abundan por aquí, hay muchos, creeme. Seguro que se mosqueó porque no te saltaste las "barritas" y no le diste la oportunidad de mostrar su poderío. Algo que yo, si te soy sincera, sí habría hecho. Suelo calzar un número muy alto con este tipo de energúmenos. Si yo te contara...
    Como diría Montalban:!Brindemos por la caída del régimen!
    Antonia J Corrales
    PD: para los lectores que no conozcan a Andrés: tiene un buen porte, una buena altura y unas manos enormes, sobre todo abiertas, pero... ¡mucha educación! :)

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  6. Yo es que creo que el criterio de selección muchas veces, Antonia, es precisamente ése: un tipo malhumorado que siente nostalgia por las cruces gamadas y que está deseando sacar la porra. Hay mucho corporativista entre esta fauna, y no me extraña que la consigna muchas veces entre la gente que paga a estos tipos sea que se comporten así, que no den explicaciones, y que cuanto más intimiden, mejor. Desde Sevilla no sigo la prensa de Madrid, pero no entiendo cómo los periodistas no están al acecho de estos tipos de gatillo fácil, porque pillarlos haciendo de las suyas debe de ser facilísimo. No sé si la gente protesta. Pero una cámara oculta descubriría cosas tremendas.
    No sé, a mí al menos me queda la satisfacción de contarlo en la radio y ponerlo en el blog, pero me ojalá que todo el mundo pudiera hacer lo mismo.
    Un beso grande,

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  7. Muy buenas... llego de la mano de radio blogueros, y creo que te puedo contar alguna que otra "anécdota o sucedido", cual si fuera el inefable y siempre recordado Paco Gandía: En Madrid, cercanías es la leche y el metro, en ocasiones, también lo es, hasta que chocas con algún que otro securata, que claro, cómo parece ser que algunos están en peligro de extinción, por físico cómo por cerebro, te saltan por la mínima.
    Comentario dedicado con todo cariño a ese sufrido gremio de la seguridad. Andrés, un placer conocerte. Nos leemos...

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  8. Herodes, alguno buena gente habrá, no lo dudo. Pero yo siempre tengo la mala pata de encontrarme con un descerebrado. Y yo es que los malos modales no se los aguanto a nadie.
    Un placer también (conocerte)

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  9. Espero, querido Andrés, que el percance no te llevara a marcharte con una mala impresión de Madrid. Mastuerzos hay en todas partes -en Madrid ni te cuento- y tuviste la mala fortuna de tropezar con uno de ellos.

    Un abrazo,
    Pedro de Paz

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  10. Nada, Pedro, no te preocupes. Como bien dices, mastuerzos con camisetas tres tallas más pequeñas de la suya abundan por todos sitios -y cada vez más, por desgracia-. Que haya sido en Madrid es una casualidad. Me podría haber pasado en cualquier sitio.
    Un abrazo,

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  11. Bien Andrés, muy bien, y te lo digo en serio: has sacado a colación un tema de actualidad que es causa de la presión social en la que vivimos, y tenemos suerte de ser un país medianamente demócrata y donde la ley actúa -en grado medio- para menguar la mala leche de algunos... imagínense esto en un país sudamericano, africano o cualquier tercermundista! Uf, no lo quiero ni pensar! o en un país en guerra! llega a los extremos más sanguinarios: lo hemos vivido en Serbia hace poco...

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  12. Máximo Artiaga de Sanz3 de noviembre de 2008, 12:55

    Os voy a contar una pequeña historia:
    Yo en Nueva York, querido Andrés, donde tú y yo hemos deambulado tanto -boca abierta incluida-; una vez en medio de una nevada de Noviembre dando paseos en solitario, tuve la suerte de vivir una lección de educación en una escena igual a la tuya en tan famoso metro de la ciudad del miedo, el egoísmo, la hipocresía y el poder, tuve una escena parecida, donde un vigilante de dos metros por dos, rubio rapado, ojos añil bañados en sangre, avanzando hacia mí desde 15 metros de distancia como un tanque Leopard -con su cañón a modo de porra- gritándome improperios que no entendía mientras los demás se echaban a un lado, como indicando el culpable del retraso, o tal vez para evitar que la muy posible sangre les salpicara, porque mi billetito se lo había tragado la dichosa maquinita, una cola inmensa esperando pacientemente detrás y yo sin saber qué hacer, más nervioso a cada paso que ese bestia daba, y cuando lo tengo a dos metros, se le planta en medio del pecho una mano oscura de medio metro de diámetro (y es que los eligen que den miedo de verdad!) aquel dedo gordo era casi tan ancho como mis bíceps, dos metros diez, afroamericano - ya no podemos decir negro que se insultan, ni que aquí fuéramos peores por llamarlos así- con una cara de lo más cinematográfica, a lo matón estilo Singer o Lee, detiene al neonazi, y le dice con voz pausada: “¡This is mine!” O sea, que encima se peleaban entre ellos por darle palizas a los clientes del metro que religiosamente pagaban por usarlo y que sus malditos billetes no pasaban el control de calidad mínimo para evitar una tarjeta roja y expulsión con alevosía… Pues este sencillo vigilante, gira los ciento cincuenta kilos de músculo de esclavo-congoleño (y es que nadie como los americanos para ser más hipócritas…) hacia mí, me mira y con voz de ultratumba que me hizo pensar en mi sepelio, me dice: “No te preocupes, esto pasa mucho…” Yo no sabía si mi inglés era tan malo que me había olvidado de traducir alguna palabra por medio como: “no te preocupes, no te va a doler mucho!”, se me acercó, acciona un mecanismo con una llave para liberar el objeto del delito, lo extrae con sumo cuidado haciendo malabares con sus dedos gigantes, y es que era imposible que esas tenazas industriales pudieran coger algo tan frágil sin romperlo, me deja pasar y me dice con suma educación y cuidado: “hungry wolves can be stopped by another wolf, have a nice day!” (a los lobos hambrientos solo los para otro lobo, que tenga un buen día), este buen hombre, de apellido en placa P. J. Williams, se merece todo un relato de Andrés, pero bueno, yo que me atrevo a compararme, ni tengo el talento ni el estilo de tan gran genio, y cada vez que he pisado el metro de Nueva York no he dejado de pensar en este señor, buscándolo entre los cientos de uniformes azul pijo que visten estos hipócritas americanos, y me lo imagino rodeado de una familia que le quiere mucho y ganándose el pan de cada día dignamente en la ciudad de la hipocresía y el miedo…

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  13. Carlos, sí. Es algo en lo que también pienso muchas veces: en la impunidad con que esto se hace en un país en guerra. No quiero ni pensar en las familias iraquíes cuando llegan los americanos con los tanques y la música a toda pastilla. Fíjate, al cabo hemos de sentirnos afortunados por vivir en este país, que cada vez me gusta menos, la verdad.
    Máximo, sí, es una historia muy interesante. Serviría para un cuento, y en esto de la escritura todo es ponerse, lo demás es cuestión de insistir y no rendirse. Pero, fíjate, yo estuve en Nueva York la última vez hace casi dos años, y, no sé si será por la reseca post 11 S, pero ya quisieran los vigilantes del metro de Madrid ser la mitad de amables y considerados que la gente de la calle o los policías y vigilantes que me encontré la última vez que estuve en la ciudad de los rascacielos.
    Los taxistas no, los taxistas siguen igual... Pero esa es otra historia. Esta noche puede que por primera vez en la historia un negro ocupe el despacho oval. Ya veremos si eso es un soplo de aire fresco. Probablemente hablaré de eso el viernes en la radio y lo colgaré por aquí. Por cierto, yo prefiero decir "negro". Los eufemismos casi siempre me parecen más ofensivos. Decir negro no es malo, igual que decir blanco, rojo o amarillo. Lo único que es malo es que no estamos todos volviendo un poco gilipollas con la corrección político lingüística de los cojones.
    Te dejo ya, que esta tarde tengo que coger un avión para Bilbao. Ya te contaré.
    Un abrazo,

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