Reseña de El síndrome de Mowgli en Mercurio

EL SÍNDROME DE MOWGLI

Conocí a Andrés Pérez Domínguez cuando fue ganador del Premio de cuentos Max Aub –formaba yo parte del jurado- y he tenido ocasión de leer otros cuentos suyos también interesantes, pero sus publicaciones más difundidas son dos novelas: “La clave Pinner” y “El factor Einstein”. En ambas, Pérez Domínguez presenta ciertos ámbitos del mundo del espionaje al hilo de circunstancias históricas: en la primera se reconstruyen con acierto determinados aspectos de la sórdida España de posguerra, y en la segunda, aparte de la evocación también afortunada de diferentes espacios españoles, alemanes y norteamericanos de la época, se recrea el personaje de Albert Einstein en la peligrosa cercanía de una agente nazi descontrolada por un peculiar fanatismo.
Sin abandonar el campo del espionaje, en ambas novelas es evidente el propósito de elaboración de un texto marcado por la profundización en los personajes, un lenguaje literario expresivo y un ritmo no acuciado por las convenciones del género.
“El síndrome de Mowgli”, XVII Premio Luis Berenguer, mantiene la tónica estilística y hasta dramática de aquellas novelas, y aunque Pérez Domínguez ha abandonado los espacios históricos de la segunda guerra mundial, la novela ofrece una atmósfera propia de ciertas películas del thriller americano de la década de los años cincuenta del pasado siglo, y hasta el tipo de lenguaje, y su ritmo, también pausado, hecho a lo que pudiéramos llamar “planos-secuencia”, está interpolado por diálogos que son claros homenajes a aquel tipo de cinematografía.
El protagonista más evidente –pues resulta el narrador- es Rafael Montalbán, boxeador fracasado por escrúpulos morales, ocasional colaborador de un hombre poderoso, por fin matón a sueldo para aviso de morosos, adúlteros furtivos y otros especimenes similares en los márgenes de los usos sociales más aceptados, aunque siempre cumplidor de ciertas normas éticas que lo separan del sicario vulgar. Lector de novelas y hasta con ciertas tentaciones de escritor, el desengañado Montalbán, entusiasta de Kipling, se considera a sí mismo como un remedo del protagonista de “Los libros de la selva”, incapaz de integrarse en la manada de lobos pero también de encontrarse satisfecho entre su propios congéneres. Sin embargo, por la misteriosa fuerza de los arquetipos –que trajeron al verdadero Mowgli de otros modelos, entre los que no son los menos importantes aquellos hermanos, fundadores de Roma, que alimentó una loba- el personaje de Montalbán es heredero también de otros, como en un momento señala Lola, su “amor de perdición” y verdadera antagonista: “…siempre fuiste un caballero. Un caballero andante”. Y el arquetipo del caballero andante, sin tacha y sin miedo, es el que a la postre impregna a este perdedor cuyo profundo desarraigo no es capaz jamás de hacerle infringir su código del honor, que llega a lo quijotesco.
En cuanto a Lola, viene a ser otra “Mowgli” femenina que, trazada con menos elementos –al fin y al cabo la novela se construye como una especie de memoria/flujo de conciencia con focalización en Montalbán- consolida una personalidad desconcertante y sugerente, a pesar de los escuetos datos que de ella se nos ofrecen.
“El síndrome de Mowgli” nos vuelve a mostrar a un escritor capaz de imaginar historias que parecían ajenas a la ficción española, sin abandonar ni los escenarios reconocibles ni el empeño en conseguir una decidida palpitación literaria.


José María Merino

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