El arte de pedir
Una vez, en Roma, de noche, cerca de la plaza de España, un chaval se
acercó para vendernos unas rosas y cuando le dijimos amablemente que no, sacó
una del ramo sin pensárselo y nos la regaló. En otra ocasión, en el centro de
Sevilla, para endosarme una lata convertida en anillo o en collar ―ya no me
acuerdo―, un tipo me contó que lo único que pretendía era buscarse la vida,
hacer cualquier cosa para ganarse unas monedas sin tener que robar. Acabé
comprándole esa lata transformada en bisutería igual que terminé pagando
lo que valía aquella rosa en Roma. Tengo más anécdotas de éstas, pero no se
trata de aburrir a mis lectores. Quiero decir que para pedir limosna no está de
más un poco de arte, o al menos un miligramo de simpatía. Entre la plebe que se
busca la vida poniendo la mano hay de todo: desde el que de verdad lo necesita
hasta el caradura oportunista, pasando por quienes enseñan su talento cantando,
tocando un instrumento, o simplemente tiesos como una estatua hasta que alguien
les echa una moneda. Dentro del talento hay matices, claro. Y a veces te dan
ganas de darle un euro al del acordeón para que se vaya con la música a otra
parte. De tanto ver mendigos en el centro de Sevilla uno acaba inmunizado, por
desgracia, y en cuanto te descuidas te has acostumbrado a decir que no mecánicamente,
igual que cuando te pateas Madrid y alguien te ofrece un folleto con el menú de
un restaurante o la oferta para comprarte las joyas que tengas en casa ―quien
las tenga―. Lo mejor es decir que no a partir del cuarto o quinto folleto si no
quieres llegar al hotel con sobrepeso en la mochila.
Viene a cuento esto de la gente que pide en la calle porque ayer estaba
sentado en una terraza en Sevilla con unos amigos y me dedicó un rapapolvo un
mendigo al que le dije que no por tercera o cuarta vez después de que me mirase
con ojos asesinos. No sé qué haría si en esta puñetera lotería que es la vida
me tocara pedir para comer. Si tendría los arrestos o la desesperación suficiente y saldría a la calle para que me den limosna. Al menos querría tener el
talento necesario, o ese miligramo de simpatía, para no insultar a quien me
niega una limosna.
© Andrés Pérez
Domínguez, junio de 2012


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Andrea García Donoso