Ray Bradbury
Había escrito antes de comer una entrada del blog y no acostumbro a castigar
a mis lectores con dos posts el mismo día, pero me he enterado de que se
ha muerto Ray Bradbury y sé que si lo aplazo hasta mañana terminaré sintiéndome
un miserable. Con 91 años era de esperar, claro, aunque uno desee secreta o
ingenuamente que los genios duren para siempre. Esta
mañana me había alegrado mucho al conocer que a Philip Roth le habían dado
el premio Príncipe de Asturias, y cruzo los dedos para que, igual que pasó con
Gunther Grass, el mismo año que se acordaron de él en Oviedo los suecos también
caigan en la cuenta de que ya va siendo hora de invitarlo a Estocolmo en
diciembre. Ojalá.
A Ray Bradbury nunca le dieron el Nobel, ni puñetera falta que le hacía.
Había escrito unos cuantos libros que llegaron al alma de millones de lectores
de varias generaciones. No creo que para un escritor exista un premio mayor que
ése. Esta mañana también, qué casualidad, me he encontrado con un profesor del
instituto, de cuando yo estudiaba primero de BUP. Seguro que él no se acuerda,
pero yo sí, y me ha venido a la memoria mientras tecleo esta entrada después de
aparcar las galeradas que ando corrigiendo, cuánto se sorprendió entonces de que
un chaval de catorce años (un chaval de catorce años de aquella época, porque
ya ha llovido mucho), supiera la temperatura a la que arde el papel según la
escala Fahrenheit. ¿No sabéis de qué estoy hablando? Entonces es que os habéis
perdido a Ray Bradbury.
Peor para vosotros.
© Andrés Pérez
Domínguez, junio de 2012


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