El cumpleaños de un chaval
Esta noche vengo de celebrar el cumpleaños de un chaval de setenta y
cinco veranos. Ayer, cuando le recordé cuántos cumpliría hoy, mi padre me
decía, resignado, que cumplir setenta y cinco años es una faena, pero yo le
dije ―o lo pensé, no lo recuerdo―, que ojalá pudiera soplar velas durante otros
setenta y cinco años más, por lo menos; que yo pudiera pedirle consejo cada vez
que me asalten las dudas y no sepa cómo encarar un problema y tener la
seguridad y la tranquilidad de que, por muy mal que me vayan las cosas, siempre
habrá alguien en la retaguardia en quien poder confiar.
Alguna vez me preguntan en una entrevista el nombre de una persona a
quien admire, supongo que esperando que suelte una lista de escritores famosos,
pero yo siempre respondo que a mis padres. Mi padre y mi madre se criaron en un
tiempo muy diferente al de ahora, sin prima de riesgo pero mucho más
complicado y más duro, y desde muy niño me enseñaron que la única forma que hay en la vida
de conseguir algo es esforzándote mucho. Estoy convencido de que hoy no habría
nadie asomado a la pantalla de su ordenador leyendo esta entrada si no hubiera
asimilado esa lección desde muy pequeño. Mis padres no van a leer este post. No
navegan por Internet. No les interesa. Tampoco les hace falta para saber lo que
su hijo piensa de ellos.
Mi padre fue un niño pobre. Su padre era analfabeto. Y también lo fue el
padre de su padre. Mi vida ha desembocado felizmente en la escritura, pero
jamás he buscado la fama ni el dinero en este oficio tan raro, sino regalar a
mis padres la íntima y legítima satisfacción de ver un libro con el nombre de
su hijo impreso en la cubierta. A partir de ahí, nada de lo que suceda importa
demasiado.
© Andrés Pérez
Domínguez, julio de 2012


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