László Csatáry
Ayer, cuando compraba las tres últimas novelas de Philip Kerr protagonizadas
por el impagable Bernie Gunther para que mi padre las leyera en la playa (a mi
padre le encanta la serie de libros sobre el detective alemán), me acordé de
cuánto se quejan ciertos estirados de que algunos autores escriban novelas en
las que salen nazis, y, peor aún, que haya lectores que las compren e incluso
las lean.
Me acabo de enterar que hace un rato ha sido detenido en Budapest László
Csatáry, de 96 años, acusado de ser el responsable de haber mandado a más de
15.000 judíos a los campos de exterminio. Qué curioso. No se trata de una
película. No se trata de una novela. No es un documental en blanco y negro y
sin sonido, ni la página delgada y amarillenta de un periódico guardada durante
décadas en un cajón. Se trata del verano de 2012 y lo estoy viendo en la
pantalla de mi ordenador. La detención de László Csatáry es una muestra más de
lo cerca que nos quedan los nazis en el tiempo. Mucho más cerca de lo que me
gustaría.
También me viene hoy a la memoria una película que vi hace veintitrés
años: La caja de música, de Costa Gavras. Jessica Lange interpretaba a
una abogado que debía defender a su padre (emigrante húngaro en Estados Unidos,
qué casualidad) de las acusaciones de haber sido un nazi y un torturador más de
cuarenta años antes, durante la Segunda Guerra Mundial. No voy a destripar el
final, pero os recomiendo que la veáis.
La película planteaba, además, una
cuestión interesante: ¿tiene sentido encarcelar a un anciano tantos años después?
Veintitrés años más tarde la pregunta tiene aún más sentido: ¿tiene sentido
encarcelar a un hombre con la muerte a la vuelta de la esquina? Posiblemente
no. Ni siquiera juzgarlo. Pero tampoco estaría de más que no pudiera dormir
tranquilo el tiempo que le quede de vida. Que se le remueva la conciencia. Si
la tiene.
Es lo menos que se merecen las víctimas.
© Andrés Pérez
Domínguez, julio de 2012


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