Demasiado expuesto
El otro día tuve que bloquear a
una seguidora en Facebook. No suelo optar por esta solución tan radical cuando
alguien me molesta, pero el asunto ya no iba sólo conmigo, así que lo mejor era
cortar por lo sano, ras, ras, y se acabó. Siempre he dicho que tengo la suerte
de que la mayoría de mis lectores o seguidores en las redes sociales (ambos
términos no tienen por qué coincidir) suele ser gente amable a la que intento
responder en la medida de mis posibilidades, que cada vez son menos porque el número de ellos crece cada día y yo sigo siendo sólo uno. Pero es verdad que cuando
alguien empieza a escribirte y a insultarte en abierto o en privado, a veces
con la única intención de llamar tu atención o ser amable (sí, algunos quieren
hacerse amigos tuyos mediante la provocación), terminas preguntándote si merece
la pena.
Yo tengo una relación de amor y
de odio con las redes sociales, y cuando lo pienso fríamente no estoy seguro de
hasta qué punto son necesarias para un escritor, sobre todo cuando, al menos a
mí, me llegan docenas de invitaciones o mensajes privados cada día de gente que
se autoproclama escritor demasiado alegremente. Puede que ya sea un antiguo en
este mundo tan moderno, pero sigo pensando que un escritor debe, en la medida
de sus posibilidades, atender a sus lectores si ellos se acercan, pero no
asaltar la intimidad de cada lector potencial en Facebook para venderle sus
libros. Quizá ése sea el primer consejo que podría dar a los escritores
primerizos que me preguntan: no molestar a nadie, no perder la dignidad para
darse a conocer. Los lectores son inteligentes y saben escoger. No hay que
llamar a sus puertas como vendedores ambulantes. Difícilmente un escritor que
me escriba para tratar de contarme sus cuitas y colocarme sus libros conseguirá
conquistarme como lector.
Creo que con las redes sociales
sucederá algo parecido a lo que ha pasado con los teléfonos móviles: hace
veinte años llevar un maletín sujeto del brazo con una antena era una demostración
de poder. Ahora da un poco de pena ver a todo el mundo localizable a cada
instante, mirando las pantallas todo el tiempo, como esclavos. Quizá la gente
importante sea la que ni siquiera tenga que llevar un móvil en el bolsillo. Me
parece que ya lo he dicho por aquí alguna vez: el final de las redes sociales
será el puro hartazgo, el aburrimiento. No sé cuándo, pero estoy convencido de
que antes o después sucederá. Pienso incluso que la verdadera relevancia
consistirá, si no empieza ya a ser así, en no estar en las redes sociales, en
ser un escritor invisible que cada cierto tiempo entrega una obra al mundo
para después volver a encerrarse a trabajar, sin tener que soportar al primer
espontáneo que se haya levantado con ganas de tocarte las narices.
©
Andrés Pérez Domínguez, abril de 2013


Comentarios
Saludos
Hasta ahora, todo lo que me han dado ha sido bueno.
Carmina también tiene razón: el tiempo es finito para escritores y lectores, y antes leíamos sin que existiesen las redes.
Un beso.
Besos,
Pues me alegro, Meg. Si has econtrado autores que merezcan la pena, quiere decir que no tengo por qué tener razón. Es sólo que tengo una forma de pensar, que es la mía, y lo que vale para mí no tiene que valer para otros.
Abrazos,