Primavera
Parecía
que nunca iba a salir el sol, que el buen tiempo no sería más que un recuerdo y
el clima siempre sería desapacible, como en esas películas apocalípticas en las
que por culpa de un cataclismo el mundo se ha convertido en una suerte de erial
en el que sólo sobreviven los más fuertes o los más listos, pero desde ayer
luce un sol generoso en el suroeste de España, y esta mañana, aunque desde hace
semanas arrastro una lesión no muy grave pero incómoda que me molesta bastante
al caminar, no he podido evitar dar un paseo de más de una hora por el campo.
Bastan unos minutos andando para ver, después de tanta lluvia, que el verde va
ser muy generoso esta primavera. Soy tan bruto que al poco de salir a caminar
ya no me acuerdo de la lesión salvo cuando recibo el aviso de algún pinchazo al
que procuro no prestar atención. No hace calor pero tampoco hace frío, y en las
huertas con naranjos que flanquean el camino ya se puede oler el azahar,
inconfundible, tan intenso en esta tierra. No durará mucho la primavera, por desgracia.
No porque aún tenga que llover bastante o vengan algunos coletazos de frío,
sino porque antes de que podamos darnos cuenta el calor implacable del verano
será lo habitual hasta finales de septiembre, octubre quizá. A uno le gustaría
que este tiempo durase hasta el otoño, pero por mucho que le gusten las utopías
sabe que es imposible, que sólo es primavera una vez al año, y aquí dura
demasiado poco.
©
Andrés Pérez Domínguez, abril de 2013


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Un abrazo,