El escritor tranquilo
Ahora
que ha ganado el Premio Princesa de Asturias de las Letras quedaría muy
bien decir que soy un lector habitual de Leonardo Padura, pero no es
verdad. Del cubano hasta ahora sólo he leído la espléndida El hombre que
amaba a los perros, que mi querido Gregorio León me recomendó con insistencia hace tiempo. Al Gregorio León real, que no se diferencia
mucho del Gregorio León que habita en las páginas de El silencio
de tu nombre, le debo varios descubrimientos felices (Phillip Kerr,
John Banville), así que pronto caerán las novelas de Leonardo Padura
protagonizadas por el detective Mario Conde sobre las que Gregorio
tanto me insiste. Conocí al escritor cubano en la Semana Negra de Gijón,
hace justo diez años, y con paciencia y amabilidad me dio algunas indicaciones
para mi inminente viaje a La Habana. Lo recuerdo siempre en camiseta,
pantalón corto, chanclas, la barba canosa y la piel morena. Estos días están saliendo
en la prensa muchas fotos de Leonardo Padura, y a menudo se deja
retratar de la misma guisa que lo vi en Asturias hace una década. Tiene
el mismo aire de escritor tranquilo que se encuentra más a gusto entre sus
amigos y sus libros que asaeteado por los flashes de los reporteros gráficos.
No sé si Leonardo Padura tiene página de Facebook o perfil en Twitter.
Tal vez sí, porque parece que ahora los escritores estamos obligados a
exhibirnos públicamente en las redes sociales, donde tanto cuesta
diferenciar los halagos sinceros de los ditirambos y las críticas constructivas
de las venganzas directas o circulares. La cuestión es que el cubano desprende
una mezcla de inteligencia, tranquilidad y distancia saludable que enseguida me
produce simpatía. Uno puede ganar premios o no ganarlos, tener editores
valientes y fieles o no tenerlos, contar con más o menos lectores, pero ya lo
he dicho muchas veces: el oficio de novelista no es más que sentarte a escribir
historias, día tras día, encontrar primero un editor y luego unos lectores que
quieran gastar su tiempo y su dinero con tus libros, conceder unas cuantas entrevistas
para ayudar a rodar la obra, y vuelta a empezar.
Todo lo demás es
ruido.
© Andrés Pérez Domínguez, junio
de 2015

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