Relatos salvajes
Ayer
tuve una charla interesante con una editora. Entre otras muchas cosas
hablamos de los cuentos. Qué pena, decíamos los dos, que en un país como
éste, donde el nivel de muchos de los que escriben en distancia corta es
más que notable, la mayoría de los lectores consideren a la narrativa breve
un género menor. Lástima que el interés de muchos lectores se centre
antes en el número de páginas de un libro que en la historia que
cuente o en cómo está escrito. No es raro que al publicar una novela breve
o un libro de cuentos un lector habitual te pare por la calle y en tono
condescendiente te apremie a escribir pronto “una novela de las gordas”.
Le decía a la editora que uno de los hándicaps a los que ha de
enfrentarse un libro de cuentos cuando se trata de captar la atención de
un lector poco habituado a la narrativa breve es el pequeño esfuerzo
de cambiar de historia y de personajes cada pocas páginas. Ella, que sabe bien
de qué va esto, asentía al otro lado de la línea, y como ejemplo le puse la
película Relatos salvajes, que vi el otro día en la tele. No sé
el número de espectadores que tuvo cuando la estrenaron en el cine, si fueron
los suficientes para que resultara rentable el esfuerzo y el riesgo de rodarla,
pero tal vez al tratarse de seis historias diferentes más de un espectador no
se decidió a pagar la entrada. Gran error. Esta película argentina es un
delicioso libro de cuentos en movimiento. Es difícil no identificarse con
alguno de los tipos que habitan Relatos salvajes; envidiarlos
porque no tenemos sus arrestos para hacer lo que nos pide el cuerpo cuando nos humillan. Sé de lo
que hablo, créanme: hace más de veinte años, una noche al salir del cine la grúa
se había llevado mi coche, que estaba perfectamente aparcado. Poco después se
destapó una trama en Sevilla en la que algunos policías locales
cobraban comisión de la empresa que retiraba los coches. Reclamé, nunca me
llegó la multa, pero tuve que pagar un buen pico para poder llevarme el
coche del depósito. La ficción da en la diana si consigue que el espectador o
el lector acabe viéndose en un personaje como en un espejo. El ingeniero cabreado
al que interpreta Ricardo Darín en uno de los episodios de Relatos
salvajes soy yo, hace muchos años, pero no tan valiente. Ése es
otro de los regalos impagables que tiene la ficción: te permite hacer lo
correcto sin sufrir las consecuencias ni finales innobles.
© Andrés Pérez Domínguez, junio
de 2015
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