Vuelta al cole


Aunque es verdad que siento más aprecio por mi perro que por muchas personas, no voy a caer en el momento tonto de usar el mismo rasero si de animales y de personas se trata, pero esta mañana me ha venido a la memoria cuando mi madre me llevó al colegio por primera vez, hace cuarenta y dos años. Entonces no había guarderías y muchas mujeres no trabajaban fuera de casa, así que, a mis cuatro años, era la primera vez que me iba a encontrar con un puñado de mocosos a los que no había visto nunca y adivinaba hostiles, y con una profesora que quizá no tendría motivos para mostrarse cariñosa conmigo. Un mundo desconocido para un pequeñajo, vaya, lejos de sus tebeos y de sus juguetes, donde tampoco podría comer lo que me gustaba. Ahora lo recuerdo con cariño, como todo el mundo, y una sonrisa me amuebla la cara mientras lo escribo, pero tampoco soy capaz de olvidar las náuseas que me provocaban las granadas y las peras (hay que comérselo todo, me ordenaban, y lo cierto es que son dos frutas que cada vez que las huelo me siguen dando ganas de vomitar aunque ya nadie me obligue a comerlas), y por supuesto permanece nítida en mi memoria mi madre alejándose por un sendero arbolado mientras un servidor lloraba sin consuelo. Ella siempre me dice que estaba más triste que yo, pero eso no podía saberlo entonces.
Desde el verano pasado, cuando llegó con cuarenta y ocho días, Mowgli es uno más de la familia: para mí es un hermano pequeño, un hijo o un sobrino; para mis padres es otro nieto; para mi hermana es un sobrino y para mis sobrinos y para el perro de mi hermana es igual que un primo; y, bendita inocencia, para mi perro todo bicho que ande por la calle, bípedo o cuadrúpedo, es su amigo. Esta mañana lo he llevado a una guardería para perros, para probar un día, porque tengo viajes que hacer y ya es lo bastante grandullón para que alguien lo cuide. Me quedo más tranquilo si antes veo cómo se encuentra, si comerá, si estará triste, si lo tratarán bien. Mi madre le ha preparado la comida con el mismo cariño que a un nieto (seguro que le ha colado alguna chuchería); sólo va a estar fuera un día pero lo ha acariciado y lo ha abrazado como si se fuera a vivir a Nueva Zelanda, ella, que tanto miedo le dan los perros, y se ha asegurado de que en la residencia tienen mi teléfono, “para cualquier cosa, por si tienes que ir a recogerlo enseguida”.
Qué curioso que un perro consiga transportarte en el tiempo, que por un momento vuelvas a ser un enano, que sepas exactamente lo que siente, lo que ve a través de sus ojos ambarinos al encontrarse en un lugar desconocido donde tendrá que valerse por sí mismo.

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2015

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