¿La edad media?

    
La otra noche me fui a cenar con mi sobrina. Dieciocho años, guapa como ella sola y con una inevitable y envidiable curiosidad por entender los mecanismos extraños que regulan las relaciones entre las personas, por saber dónde está el libro de instrucciones del mundo que todos nos pasamos la vida buscando sin llegar a encontrarlo. El camarero, que me ha servido otras veces la cena cuando me acompañaba alguna amiga, me regaló una sonrisa cómplice, que ahora erraba el tiro. 
No se la devolví.
No recuerdo por qué, pero terminamos hablando de las generaciones. De la suya, de la mía, de la de mis padres. Me contó que un profesor le explicó que sus abuelos habían vivido tiempos duros pero en general habían conseguido salir adelante y tener una cuota de felicidad aceptable, mientras que a su generación probablemente le sucederá lo contrario porque están acostumbrados a vivir muy bien desde que nacieron y quizá por eso, y por lo complicado del futuro, difícilmente llegarán a sentirse satisfechos. Orillando las reflexiones apocalípticas, le conté algunas cosas sobre lo que tuvieron que soportar sus abuelos y sus bisabuelos: lo que he leído, lo que he escrito, lo que me han contado quienes lo vivieron. Me escuchó con atención disertar sobre la República, sobre la guerra, sobre la dictadura que vino después (es que esto no es la paz, hijo, esto es la victoria, le dice Agustín González a Gabino Diego al final de la espléndida Las bicicletas son para el verano); y al final, me miró muy seria y me dijo: “¿Sabes? A mí todo eso se me antoja tan lejano como la Edad Media”.
La cuestión es que no se trata de la Edad Media, sino de anteayer, y ante tanta exaltación que observo últimamente no puedo sino preocuparme. Lo grave, escribía el otro día en algún comentario en las redes sociales, es que cierta gente se expresa en términos guerracivilistas sin tener puñetera idea de Historia; es como si lo hicieran por inercia, porque es lo que se supone que hay que hacer. Antes de concluir que está en nuestros genes (España es diferente, ya sabemos), diría que tiene que ver con una confusa herencia cultural que se transmite de generación en generación. Como siempre, apuntaba muy certeramente mi apreciado Pedro Ugarte, la doble ración de odio se la llevarán, cuando todo se agrave, los que no acepten elegir una trinchera.
No puedo estar más de acuerdo: cuando se radicalizan las posturas la cuerda acaba rompiéndose por la parte más débil, los que procuran mantenerse a una distancia saludable de la histeria. Y eso me lleva a recordar, cómo no, a mi paisano, el maestro Chaves Nogales (tristemente arrumbado por eso, por no reírle las gracias a ningún bando), que en 1937 (no, no fue en la Edad Media) escribió esto en el prólogo de A sangre y fuego: “Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre tan pernicioso como cualquier reaccionario”; una frase que me gustaría llevar grabada en mi DNI, por cierto. También conviene recordar un párrafo amargo del lúcido periodista sevillano sobre el Madrid de la Guerra Civil: “En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid, como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de Falange, que a la de los analfabetos anarquistas y comunistas”.
No estaría mal, pues, leer un poco para aprender del pasado en lugar de alentar una llama que parece que nunca termina de apagarse.


© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2015

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