Las pequeñas cosas
Los amigos que visitan mi bitácora o están conectados conmigo en las
redes sociales saben que aprovechando los pocos días tranquilos que quedan en
junio me he escapado a la playa varias veces durante este mes, con la única y
estimable compañía de unos cuantos libros (George R.R. Martin, Chaves
Nogales... Las lecturas son como las dietas, dijo una vez el filósofo Savater:
mejor cuanto más variadas). Me preguntaba el otro día mi amigo Gregorio León
(que se estrena como personaje de lujo en mi nueva novela) si no me aburro en
la playa. En realidad, cuando estoy un rato sentando en la arena ya no aguanto
más, le dije. No soy capaz. Pero me gusta estar en la playa cuando hace buen
tiempo (y también cuando hace malo) y todavía no se ha llenado de sombrillas y
de neveras. Pasear hasta donde ya no hay apartamentos imaginando cómo era la
costa hace no tantos años. Acercarme a la orilla por la noche, cuando todavía
no hay hogueras ni adolescentes tocando la guitarra, para ver las luces de los
barcos faenando a lo lejos. Tomar el sol, bañarme en el mar, eso es lo de
menos. Y el caso es que, por más vueltas que quiera uno darle, en la vida son
los pequeños placeres los que al final importan. Qué paradójico encuentro
haberme preocupado siempre por aprender idiomas, conocer otras culturas; por
leer afanosamente buscando una frase capaz de resumir el mundo, viajar al
extranjero cada vez que he tenido ocasión o dejarme las pestañas escribiendo
novelas y que al final, y aunque me empeñe en seguir haciendo todo lo que acabo
de enumerar, lo más sencillo y lo más gratificante sea compartir un rato con
los buenos amigos, dar un paseo por una playa solitaria, sentir el frío de la
arena mojada colarse entre los dedos de los pies, beber un tinto con casera y
mucho hielo o sentarme delante de la tele para ver un partido de fútbol con mi
padre.
© Andrés Pérez
Domínguez, junio de 2012

Comentarios
Abrazos a las dos,