Aprovechar el día
No
dejo de leer que los blogs están de capa caída, y tal vez sea verdad porque los
lectores están acostumbrados (malacostumbrados, vaya) a textos rápidos, a pasar
de uno a otro a golpe de click, a no detenerse el tiempo necesario porque
enseguida se aburren y pasan a otra cosa. La vida misma, quizá. Pero me
preocupa entrar en el mío y darme cuenta de que hace un par de semanas que no
escribo nada. Aunque dar explicaciones por no asomarse por la propia bitácora
resulta absurdo, pero sobre todo pretencioso, ya que al hacerlo uno supone que
habrá alguien esperando enfadado al otro lado porque no has escrito nada cuando
lo lógico es que tu blog y lo que escribes no sea más que una gota de agua
perdida en el océano. Ni siquiera eso. En fin. Por si le interesa a alguien:
ando arremangado con una nueva novela y me gustaría que los días tuvieran más
horas. Ahora miro por la ventana de mi despacho y amanece. El de ayer ha sido
un día extraño, complicado. Llevo toda la semana resfriado y no he parado. A
las once caigo rendido en el sofá, tiritando y con fiebre, y me despierto de
madrugada, aturdido pero también recuperado. Los insomnes sabemos que es
inútil buscar el sueño cuando se ha escapado o volver a dormir si has conseguido cerrar
los ojos durante unas pocas horas, así que en lugar de peder el tiempo dando
vueltas en la cama me pongo a trabajar, y cuando amanece ya he terminado unas
cuantas páginas de mi nueva novela y después de escribir esta entrada voy a
salir a resolver unos cuantos asuntos pendientes. Es lo bueno que tiene madrugar
tanto, que cuando amanece te queda la satisfacción de haber aprovechado el día.
© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2013
Comentarios