En el instituto de Sanlúcar, treinta años después
Me habían
invitado a participar en un encuentro con los chavales del instituto de
Sanlúcar la Mayor, donde estudié desde primero hasta tercero de B.U.P, lo que
ahora creo que sería desde tercero de E.S.O. hasta primero de bachillerato. Me
contaron que algunos alumnos del centro habían leído La clave Pinner y
me preguntaron si podía acercarme un día. No pensé que serían más de cinco o
seis estudiantes que habían solicitado un ejemplar en la biblioteca del instituto,
pero a ciertos sitios no puedes dejar de ir si te lo piden, y además vas con
gusto y por la patilla, entre otras cosas porque también has estudiado allí y
cuando uno tenía quince años, como la mayoría de los alumnos de segundo de
E.S.O. que han estado conmigo esta mañana, le hubiera gustado ver que los
escritores no siempre son seres lejanos y misteriosos que en la mayoría de los
casos llevan muchos siglos criando malvas bajo una lápida.
Me acerco
con algo de tiempo porque antes de la charla quiero echar un vistazo al lugar
donde estudié hace treinta años, y aunque ha cambiado mucho he podido subir por
las mismas escaleras de entonces y asomarme a las mismas clases donde me
sentaba. Antes, la biblioteca era una especie de cuchitril, pero ahora es una
sala bastante amplia que cuando entro para reunirme con los alumnos está
abarrotada. No me lo esperaba, pero me gusta que esté llena de chavales. Dos
profesoras me presentan -una de ellas, la directora, estudió conmigo- y tengo que improvisar, pero no hay problema porque
cuando tengo que hablar en público casi nunca llevo nada preparado. Pensaba
hablar de La clave Pinner a media docena de alumnos, como mucho, y de
pronto me encuentro frente a setenta u ochenta adolescentes, algunos de pie
porque están todas las sillas ocupadas, y procuro contarles de una forma amena
cómo es este oficio tan raro al que me dedico o algunas de las cosas que me han
pasado para acabar allí sentado con ellos. Algunos levantan la mano para
preguntar cosas sobre mi trabajo y espero haber resuelto las dudas de todos. Al
cabo de una hora hemos terminado. Se ha pasado todo muy rápido, pero yo también
he tenido quince años y las vacaciones de Navidad al día siguiente, así que no
quiero entretenerlos más.
Al volver a casa recuerdo que le he contado a uno de
los chavales que escribir requiere un gran esfuerzo y constancia, como casi
todas las cosas que merecen la pena en la vida. Esta mañana me había levantado
mucho más temprano para poder ir a charlar con ellos. Estoy con una novela y
tengo que escribir cada día. Al cabo, esto es un oficio y nada más. Termino la
charla y enseguida estoy en mi despacho otra vez, pasando a limpio lo que había
escrito antes de ir al instituto. Pero ha sido una mañana provechosa. Lo he
pasado bien con los chavales. Además, al final del encuentro alguien me ha
regalado una carpeta de piel muy bonita en la que ya he guardado el manuscrito
de la novela en la que estoy trabajando.
© Andrés Pérez Domínguez,
diciembre de 2013


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