Los drones mensajeros
Parece
que dentro de pocos años el gigante Amazon va llevar los pedidos a sus clientes
en aviones teledirigidos, y ya hemos visto en la tele esos artefactos voladores
con hélices y un paquete en la panza que se posan silenciosamente en los
jardines de las casas americanas, los dejan en el césped y luego levantan el
vuelo para regresar al almacén. Presumo que esto sólo vale para casas con
jardín, con lo que el progreso y sus ventajas, aunque no queramos, tiene mucho
que ver con las clases sociales. No sé si cada vez nos pareceremos más a Blade
Runner o a la para mí aún mejor, mal que a algunos amigos cinéfilos les
pese, Minority report, y aunque seguro que entregar paquetes en avioncitos
con mando a distancia tiene sus ventajas y resulta la mar de molón, a mí me
mosquea un poco pensar que estos trastos sobrevuelen el cielo algún día, que se
les pueda caer un paquete y aplastar la cabeza de cualquiera que pasee por la calle,
o estropearse durante el vuelo y estrellarse contra el parabrisas de tu coche
mientras estás en un atasco. Por muy moderno que se le pueda antojar a muchos a
mí no me gusta imaginar el cielo lleno de estos moscardones metálicos
transportando paquetes de un lugar a otro, recoger quizá la pizza con recelo
mientras miras el aparatejo zumbando a la altura de tu cara, pensando si lleva
una cámara instalada y alguien te está mirando desde una habitación sin saber
con qué intenciones, riéndose de tu cara de angustia porque has visto muchas
películas y has leído muchos libros para no acojonarte cuando un robot aéreo se
te planta delante de la nariz, maldiciendo porque te gustaría que volvieran
esos mensajeros de toda la vida, esos a los que firmabas el albarán y cuando no
estabas te dejaban el paquete en casa del vecino.
Un
antiguo, sí.
Eso es lo que soy.
© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2013

Comentarios
Un saludo