Solomon Northup


Fui al cine a ver Doce años de esclavitud el día antes de Nochebuena. Lo sé porque me gusta conservar las entradas de las películas, y ésta, además, la tengo en mi mesa. Recuerdo que me dio mucha pena porque en la sala sólo estábamos cuatro personas. Ya había visto Gravity, y estaba claro que el pastel de los Oscar se lo repartirían entre las dos. No me importa no haber visto aún El lobo de Wall street ni La gran estafa americana, pero sí me apena haberme perdido Nebraska, aunque Canal +, uno de los pocos lujos que sigo permitiéndome en estos tiempos tan difíciles, lo solucionará en breve, espero.
La noche del domingo me quedé viendo la ceremonia, pero me rindió el sueño. Había estado trabajando desde el final del almuerzo hasta la hora de la cena para no sentirme culpable por quedarme hasta las tantas y que al final no me cundiera la mañana del lunes (una responsabilidad implacable y un poco absurda que sentimos quienes no tenemos horarios ni jefes y que nos aboca siempre a trabajar a destajo), pero al final el sueño ganó la partida. Había dejado grabando la ceremonia y antes de enterarme por las noticias quise echar un vistazo, obviando las partes que no me interesaban. Vi a Mathew Mcconaughey (a quien estoy desando disfrutar en la serie True detecive) abrazando a Leonardo di Caprio, quien hace muchos años me parecía un niñato imberbe que no sabía actuar y se ha ganado mi confianza y mi respeto gracias a Atrápame si puedes, Revolutionary Road, Infiltrados, Shutter Island y Origen. Intuía que Cuarón se llevaría el premio a la mejor dirección por la espléndida Gravity (mi madre dice que es una película mala porque a Clooney apenas se le ve la cara…), pero que el premio gordo sería para Doce años de esclavitud.



Antes de ver la película yo nunca había oído hablar de Solomon Northup, lo confieso, pero diré en mi descargo que en cuanto la vi me compré su libro, que ahora tengo a la espera de lectura, en edición de bolsillo y forrado, como acostumbro, en mi estantería. Al recoger el Óscar a la mejor película, el director de la cinta, Steve McQueen (no sé hasta qué punto sus padres al bautizarlo sabían que ponerle el nombre de un mito del cine marcaría su futuro) daba las gracias a una historiadora, cuyo nombre no retuve, por haber mantenido vivo el libro de Solomon Northup donde contaba su experiencia de hombre libre a negro secuestrado, vendido como esclavo y puesto en libertad doce años más tarde. Yo también se lo agradezco, desde aquí, a quien corresponda. Cuántos libros importantes caen en el olvido porque en el momento en que se publican no interesan al número suficiente de personas para seguir vivos. Y eso que, según parece, la historia que escribió Solomon Northup cuando fue liberado fue un éxito de ventas. 
Qué curioso que en 1852, justo un año antes de la publicación de Doce años de esclavitud, La cabaña del tío Tom se imprimiera en Estados Unidos y se convirtiera en un fenómeno social que sacudió la conciencia de muchos estadounidenses. En casa de mis padres hay una vieja edición de esta novela, del Círculo de lectores, y mi madre siempre me había hablado de ella. La ficción y la realidad tienen estos misterios: a veces, muchas veces, el fruto de la imaginación de un escritor llega mucho más lejos y a mucha más gente que la propia Historia. Quizá más de un siglo y medio después se haya hecho algo de justicia. El cine tiene mucha más fuerza y a menudo cala de una forma más profunda y rápida en la gente que un libro. Tal vez en el futuro el referente cultural de la esclavitud sea el admirable Solomon Northup antes que el propio tío Tom. Quién sabe si existe un mundo paralelo donde la ficción y la realidad se confunden y el tío Tom y Solomon Northup han llegado a conocerse.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2014



Comentarios

  1. No he visto la película y no sé si la veré (últimamente estoy demasiado sensible para ciertas cosas), pero sí leí en su día, hace ya muchos años, "La cabaña del Tío Tom". Era un librito con tapas de cartón unidas por un lomo de tela azul y con las páginas amarillas propias de haber pasado mucho tiempo por ellas. Había sido de mi abuelo y mi madre me lo empezó a leer en un viaje desde donde vivíamos hasta el pueblo. Yo no pasaría de los ocho años, pero el comienzo de la historia me impactó tanto que le pedí que me dejara leerlo completo. Lo hizo y aún hoy, al ver el dibujo en tu blog se me ha encogido el alma. Ciertas o no, hay historias que jamás se olvidan.
    Gracias por recordarmelo.
    Olaya

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