El iphone 5
No sabéis cuánto echo de menos esos tiempos en los que veías
a alguien usando un teléfono móvil en la calle
y te lo quedabas mirando con ganas de llamar a una ambulancia para que
lo ingresaran en un sanatorio. Y no niego que los móviles sean útiles. Si no,
no los tendría todo el mundo. Por desgracia, ya casi no puedo salir de casa
sin el mío porque me aterra pensar que me llamen para algo urgente y no me entere.
Una vez perdí el móvil en un aeropuerto y sufrí la angustia de estar
lejos y no poder ser localizado.
Ahora que parece que están a punto de salir en los informativos
las imágenes de la gente haciendo cola en las tiendas para comprarse el nuevo iphone me acuerdo que en el verano de
2008 ya escribí un artículo para la radio donde, seguro que por mi
ignorancia sobre todo lo que tiene que ver con nuevos cacharros tecnológicos,
mostraba mi perplejidad y mi ignorancia porque tanta gente estuviera dispuesta
a pasarse horas de pie para luego soltar una pasta y llevarse a casa un móvil. No
dudo de las ventajas de los teléfonos de la factoría del difunto Steve Jobs, y
el ipad de mi amigo Óscar Oliveira me
parece la mar de chulo, pero, qué queréis que os diga: la verdad es que a mí me
marean tantos aparatos. Pero también es cierto que, aunque no quieras, por muy
raro que te consideren los amigos, no eres un marciano y acabas cayendo en la
tentación. Así que a principios de verano cambié el móvil. No me hacía falta,
pero tenía puntos y llamé a mi compañía para que me informaran sobre los
terminales. Fui a una tienda y me traje una de estas monadas con pantalla
táctil donde los vídeos y las fotos se ven mejor que en la tele del salón. Pero
apenas he soportado usarlo más que unas pocas semanas. El teclado táctil me
resulta incómodo, y en cuanto te descuidas ya has escrito lo que no quieres, o
lo que no debes... Y ahí lo tengo, nuevecito, criando polvo en una estantería
porque me gusta más el móvil viejo. Qué raro me parece escribir viejo cuando
pienso que apenas tiene un par de años. No dejo de preguntarme para qué demonios
perdí un día entero en configurar un nuevo móvil que me sirve para casi todo
menos para hablar, porque con tanta foto y tanto vídeo absurdo la batería se
agota enseguida.
Decía más arriba que, a pesar de todas las pegas, los
teléfonos móviles son muy útiles. Mucho. Pero también pienso que nos han
vendido la moto. Nos la han vendido muy bien. Hace muchos años uno de los
argumentos para comprarse un móvil era la libertad de poder ir a cualquier
parte con la tranquilidad de estar siempre localizado. Sí, he dicho libertad.
Sonrío con un punto de cinismo cuando escribo esa palabra en un texto donde
hablo de teléfonos móviles, porque ahora que estamos siempre conectados no
puedo evitar acordarme de cuando no había internet, ni whatsapp, ni llevabas un
molesto aparato zumbón en el bolsillo. Cuando lo más moderno era tener un
contestador automático que te filtrase las llamadas en el teléfono fijo, te
sabías de memoria un montón de números porque no los guardabas en la agenda y,
si volvías a casa después de pasarte varios días fuera, preguntabas a tu madre
con toda naturalidad si te había llamado alguien. No pasaba nada. El mundo no se
paraba. Lo siento. No hace tanto de eso, pero a lo mejor me he levantado hoy
nostálgico, y estoy convencido de que antes éramos más libres.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2012



Comentarios
Un fuerte abrazoo