Cansancio del verano

Me empieza a pesar. Menos que otras veces, por fortuna. El verano, digo. Pero a finales de agosto ya me cansa. Hace muchos años me prometí alquilar algo en la playa para estar desde junio hasta octubre, sin volver a Sevilla un solo día, tomar el sol hasta que se me tostasen los dedos de los pies. La felicidad del verano son los pies morenos, de andar descalzo, de dar largos paseos por la orilla. Lo fui dejando, nunca lo alquilé. Pasaban cosas, iba a otros sitios. O no pasaba nada y tampoco iba a ningún sitio. El verano anterior fue complicado. Sólo pude acercarme una tarde a la playa y estaba nublado. Miento, seguro que pude más de una tarde, pero no me apeteció porque estaba demasiado cansado. A veces todos los problemas llegan a la vez. Este ha sido más tranquilo. Más feliz por eso mismo. Tan tranquilo que aún no me lo creo. Algunas escapadas. Pero me falta constancia para dejar que se me tuesten los dedos de los pies y cuando vuelvo a casa me da pereza tomar el sol. De niño, cuando estábamos en un apartamento en la playa, mi madre tomaba el sol, mi padre pescaba de noche (siempre le gustó pescar de noche, a mí nunca, ni de día ni de noche; hace poco ha regalado las cañas porque ya no pesca y casi todos los amigos con los que pescaba ya no están), mi hermana se hacía amiga de cualquiera con quien se cruzara (ni siquiera en eso nos parecemos) y yo al cabo de dos chapuzones estaba deseando subir para leer o dibujar. Me pregunto cuántos ratos de playa le han robado a mi madre los tebeos y su hijo el raro.
Pero aún echo de menos pasar más tiempo en la playa. Supongo que porque nunca es mucho tiempo y sé que al cabo de dos chapuzones desearé estar en otra parte, en un rincón silencioso donde leer y, como desde hace más de media vida, también, escribir en paz. No he dejado de ser el crío que necesita entrar y salir de un mundo imaginario para soportar el de verdad. Y no quiero dejar de serlo. Bendito sea ese crío. Cuando me asaltan las dudas me digo que sólo a él debo dar explicaciones. El reto es estar a su altura. Él siempre salió adelante sin importarle demasiado lo que dijeran. Era raro, o diferente, pero también libre y valiente.
Estos días retomo con ganas la escritura de un cuento arrumbado desde hace demasiado tiempo. Quizá porque es verano y en verano suelo tomar las decisiones importantes. No me acordaba del comienzo. Es este: “Dicen que el verano es el tiempo de la felicidad, pero es mentira. Yo siempre he sido más feliz en primavera, o en otoño. Y en invierno no digamos.”
Hace poco lo conté aquí: puede que al escribir ficción los escritores seamos más sinceros que en los diarios. Sea lo que sea, vuelvo a sentir ese cosquilleo impagable al sentarme a jugar a imaginemos, el puro placer de contar una historia. No hay nada más en el oficio. O no debería haber nada más.
Y nunca he dejado nada sin terminar.
Tampoco en la vida. 

 © Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024

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